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Ficción argentina

Polvo de caballos

Un cuento de Tamara Tenenbaum

"Enjabonar piernas peludas es como bañar caballos. En el felpudo resbaloso de mi pantorrilla recuerdo con los dedos a los caballos de mi abuelo Alberto": leé uno de los cuentos de Nadie vive tan cerca de nadie (Emecé / Notanpüan).

Por Tamara Tenenbaum. Foto Alejandro Guyot.

 

Nunca en la vida me duché, no es culpa mía. Mamá solo se bañaba de inmersión: tenía los tímpanos perforados, de un oído ya casi no escuchaba, y no podía entrarle agua a las orejas, así que se metía en la bañadera y dejaba la cabeza afuera. El pelo se lo lavaba haciendo un cuenco con las manos y juntando agua en charquitos que se iba tirando muy de a poco en la cabeza, poco shampoo, casi nada de espuma. La cara, con los dedos y agua fría, sin jabón. Mamá pasaba horas enteras en la bañadera. Ahí también se afeitaba. Las axilas, las piernas y la entrepierna. Mamá me decía que no iba a depilarse con cera nunca. Que ese era todo el dolor que ella podía soportar.

El frío me viene de los huesos. Así se deben sentir esas estrellas de rock que aparecen muertas en las bañaderas. Entiendo por qué se meten; lo que no entiendo es por qué se mueren. ¿Se quedan dormidos y se ahogan? No, no todos se ahogan. Algunos sí pero otros solamente llevan la sobredosis a la bañadera. Ya me saqué la ropa. Camino hasta el baño, me siento en el inodoro: si solamente me mojo los pies no me puede pasar nada. Me voy a mojar los pies como en la pileta cuando era chico, como cuando me metía al mar los días que estaba picado y tenía miedo de que me agarraran pero más de morirme, pero decía que era solo de que me agarraran porque viste cómo es cuando sos pibe, tenerles miedo a tus padres está bien, tenerles miedo a otras cosas es de pelotudo. Dar crédito a las cosas que dicen tus padres o los guardavidas es de pelotudo. Una noche, yo debía tener diez años, la escuché a mamá contar por teléfono la historia de una chica que se ahogó en el mar. La rescataron, pero la piba estuvo rara todo el resto del día. Se fue a dormir. A las 8 de la mañana del día siguiente se despertó y le dijo a su madre ma, me duele la cabeza. A las 10 estaba internada y a las 12 se murió. Esa historia que no sé a quién le pertenece es un mantra que me quedó tallado en la cabeza: a las 10 estaba internada y las 12 se murió, a las 10 estaba internada y a las 12 se murió, a las 10 estaba internada y a las 12 se murió. Ma, me duele la cabeza.

Ahora que no vivo bajo la luz del amor de nadie lo veo de otra manera, como pasar por al lado de un edificio en el que alguna vez viviste y no acordarte el piso que era. No les creo el amor a los demás. Comí con mi hermana ayer, o anteayer; me estuvo contando de su novio, está viviendo con él: nunca me sentí así con alguien, decía, mientras pinchaba las cosas que le gustaban con el tenedor y dejaba las otras ahí, la rúcula, los choclitos, creo que solo comió el tomate y la panceta. Me encanta saber que él es parte de mi casa, que llego y está ahí, que siempre está ahí. Le digo que sí con la cabeza pero no compro. No sabe de lo que habla. En mis momentos más ridículos, como ahora, sentado en el inodoro de un baño todo pegoteado de un enjuague bucal que se volcó en algún momento, no sé cuándo, en esos momentos pienso que las mujeres no pueden saber nada del amor. Después se me pasa. En el fondo Demián era un poco una mujer. Y yo no sé si me quería al final pero sostengo mi mito de origen, sostengo que al principio sí. Llevo esa historia como una bandera, como una antorcha, como el tatuaje de un sobreviviente del Holocausto en un geriátrico de California. ¿Quedarán de esos? Ya deben ser pocos.

Abro la canilla caliente, pero sale fría. Me quedo esperando con la mano abajo: si pongo los pies antes de que salga caliente me va a dar una gangrena. Pienso que tal vez el agua me hace bajar y siento en mí a todos los cuerpos que alguna vez pensaron eso; así se murieron en las bañaderas, seguro, tratando de bajar, metiendo la cabeza abajo del agua y llenándose la nariz de hidrógeno. Siento que empieza a salir tibia y me animo a meter los pies. ¿Es impermeable la piel humana? ¿Cuenta como impermeable? El agua resbala, me evita, pero me va calentando por dentro como un baño María, una carta que viene de lejos. Me asaltan las ganas de afeitarme, como mi mamá. Me río y me chorrea la nariz, moco transparente: la gillete del baño es de Demián, es la que quedó de la última vez que se duchó acá. Yo me afeito con eléctrica. A él le gusta la espuma. No tengo espuma, pero tengo jabón. Me enjabono una pierna, me la empiezo a afeitar. De la rodilla me saco sangre. Las rodillas son difíciles por eso de que ahí la sangre corre muy cerca de la piel, como las muñecas, por eso el perfume hay que ponérselo ahí, la sangre potencia el perfume, lo libera y lo expande.

Enjabonar piernas peludas es como bañar caballos. En el felpudo resbaloso de mi pantorrilla recuerdo con los dedos a los caballos de mi abuelo Alberto: veo a uno, Guante Blanco. Era un caballo árabe, el más caro de los diez o doce que tenía mi abuelo. Los caballos de mi abuelo corrían, eran caballos de carrera, pero es como con los deportistas, tienen carreras cortas, esos caballos. Yo tenía catorce años y Guante Blanco cinco cuando lo retiraron. Mi abuelo estaba a punto de venderlo pero un amigo le dijo que lo más rentable era alquilarlo como semental: venderlo por polvo, por potrillo. No me acuerdo la suma exacta pero era una torta de guita. Yo no tenía ningún cariño especial por Guante Blanco, lo recuerdo elegantísimo y bueno, pero en ese momento solo quería ir a ver el polvo, y fui con mi abuelo. A la yegua, también de raza, tremendo animal, decía su dueño, le dieron una inyección de hormonas para que se calentara y se dejara servir, una jeringa enorme. Ahí estábamos parados, mi abuelo, su amigo, el dueño de la yegua y yo, esperando. Y de verdad fue impresionante cuando el Guante Blanco de mil kilos, mil kilos no sé pero muchos kilos, se montó arriba de la yegua. Se escuchó primero el ruido tremendo de los cueros pegándose, del pecho de él cayendo sobre la espalda de ella. No relinchaban: solo se escuchaban los cascos que resbabalan en el suelo y algo casi imperceptible del roce de los pelos. Mi abuelo, su amigo y el otro dueño se reían, escupían y se felicitaban. No mires, me dijo el dueño de la yegua, ¿es impresionable el mocito?, le preguntó a mi abuelo, y él se encogió de hombros, qué sé yo, es porteño, le contestó, y se siguieron riendo, pero a mí no me daba impresión, me parecía espectacular. Yo era virgen y no es que estaba caliente, o tal vez sí pero no es eso lo que importa, yo era virgen y pensé que el sexo era tan monumental como lo había imaginado, que no había nada chiquitito en el sexo. Ella, la yegua, no tenía cara de nada, ni de placer ni de dolor ni de nada, pero en su grupa enorme se le veía lo atravesado, y ese ser parte de un torrente de piedra, un río lleno de rápidos y una avenida sin fin lo recordé tal cual en el cuerpo, en mi culo, la primera noche que estuve con Demián, y yo también debía tener esa misma cara de nada de la yegua, esa cara de boba, los ojos pelotudos. Cuando volvimos con mi abuelo mamá estaba prendida fuego y lo retó. Él se reía, pero ella le dijo de todo, estaba casi llorando, en bombacha, en casa con la entrepierna llena de pirinchitos y le ardía la cara porque me habían llevado a ver el polvo de los caballos. La última noche que estuve con Demián, una noche que vino después de la última, una que le robé al pasado reciente, me quedé dormido arriba suyo y soñé con Guante Blanco. Y lo vi a mi abuelo, una parte que me había olvidado, contando los billetes con un largavistas diminuto para chequear que fuera todo verdadero. Y en el sueño después se me reemplazaban las imágenes y ahora estábamos Demián y yo, gigantes, cogiendo en el medio del establo, y mamá lloraba en bombacha y mi abuelo contaba dólares con su largavistas minúsculo y se reía.

Un escalofrío me recorre la columna, abro los ojos, es como si me hubiera perdido: estoy adentro de la bañadera, pero estoy vestido, empapado, tengo toda la remera pegada al cuerpo y la ducha está abierta, no sé por qué, no entiendo, si yo jamás me duché, si yo nunca abro la ducha. El agua nunca está fría, es agua helada lo que me cae encima. Y estoy todo manchado de sangre y no sé si es la rodilla que me afeité mal, aunque no me la afeité nada, tengo el jean puesto, ¿o me la afeité y me puse el jean? No sé. No sé si es la rodilla o si es la nariz que me sangra a chorros, me paso el dorso de la mano por la nariz, me la miro, me la vuelvo a pasar, me la vuelvo a mirar, y no logro darme cuenta.

 

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