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Gloria Peirano y la escritura como materia

Por Ivana Romero

"Nada es más real y más imaginario que un hospital", explica la autora de La ruta de los hospitales (Alfaguara) acerca de esa historia escrita con los procedimientos de la poesía. "La novela está construida frase a frase. No trabajo con borradores. Voy escribiendo, puliendo, escribiendo, puliendo y así, como si el texto fuera una escultura", advierte. 

Por Ivana Romero. Foto de Gustavo Fontán.

 

“Todas las personas deben pasar, al menos, un día completo en un hospital. Tenés diez años, ya lo entendés. Tenés esta ruta, la ruta de mis hospitales: Muñiz, Roca, Español, Británico, Fiorito, Gandulfo, Fernández”, le dice una madre a su hija. Así, la instala en el pasado con el mismo gesto práctico con el que antes la sentaba en el asiento de copiloto de su auto, llevándola en su gira peculiar por Buenos Aires y el conurbano. Mientras la madre trabajaba como nutricionista, la hija investigaba ese mundo guiado por la ciencia, donde lo sublime y lo aterrador convivían como parte del paisaje cotidiano. “Yo confío, nunca te vigilo. No confío en vos. Confío en el hospital”, continúa la madre que rara vez acaricia a su hija. Sin embargo, bajo esa severidad, hay una mujer que intenta ser amorosa. Es, en cierto aspecto, un modo de reparación aunque ya no habite este mundo. Así, la escritura realiza una doble subversión: altera el tiempo y le arrebata la voz a la muerte. En ese sentido, es más victoriosa que esas instituciones que intentan salvar pacientes en una lucha desigual.

Gloria Peirano sonríe ante estas ideas. Se toma su tiempo antes de cada respuesta, sentada al sol en la terraza de un bar en Colegiales, donde vive. La autora de La ruta de los hospitales –su última novela, editada por Alfaguara– repasa los costados biográficos del relato. Reconoce, además, que este texto tiene un pie en la poesía por su ritmo, por el fraseo cortado como si fuera verso, por el modo en que la escritura no solo es herramienta sino un lenguaje en sí mismo. No casualmente Peirano es profesora universitaria especializada en gramática. También escribió Miramar y Las escenas vacías. La ruta de los hospitales obtuvo el segundo premio de novela en el concurso de letras organizado por el Fondo Nacional de las Artes organizó en 2017.

¿Cómo surgió la novela?

A mí me pasa algo curioso con las novelas que escribo: lo primero que aparece es el título. El sintagma “la ruta de los hospitales” hace años que me acompaña. Tiene que ver con una experiencia autobiográfica. Mi madre era nutricionista. Así que conocí los hospitales que menciono desde muy chica aunque no son espacios para niños; al menos no para las infancias sanas. A la par, es muy importante la forma. Me refiero al modo en que la materia me va guiando incluso antes de empezar a escribir. Ese origen sobre el que preguntás tiene que ver con una adoración por la escritura como materia. Es el trazo que después cincela la estructura donde emerge una voz, un personaje. O sea, lo autobiográfico es plataforma de despegue pero el movimiento lo da la materia. Es decir, la escritura que se transforma en ficción.

¿Qué más podés contar sobre ese despegue?

Tiene que ver directamente con la operación que se hace para que un texto deje de ser íntimo y pase a ser una historia que se puede compartir con otro. No sé en qué momento sucede, pero sucede. Mejor dicho, va sucediendo. La contraseña es la escritura como materia: yo la uso al igual que un carpintero utiliza sus herramientas para trabajar la madera. La novela está construida frase a frase. No trabajo con borradores. Voy escribiendo, puliendo, escribiendo, puliendo y así, como si el texto fuera una escultura.

Ese método poco tiene que ver con la prosa.

Tiene que ver con la poesía.

¿Quizás por eso esta novela tenga una música peculiar que la recorre?

Hace muchos años que enseño gramática y en mi experiencia como escritora, el ritmo está vinculado a la articulación interna de la forma. Eso me lleva a escribir y a no saber la frase que sigue. Es decir, estoy dentro de una escena, sé qué contar. Pero cada frase me guía a la siguiente de una forma puramente artesanal. Me refiero a que no tengo un plan de escritura prefabricado donde las palabras entren de manera solo instrumental, subordinadas a una trama. Más bien, las palabras van creando una melodía. Esto, que puede sonar muy abstracto, para mí resulta muy concreto. En general, cada escena queda articulada más o menos como yo pensaba. Pero es como si el trazo grande de la novela estuviera armándose en el detalle.

Otro recurso interesante es el uso de la segunda persona.

Sí, esa madre que habla con su hija es como un oráculo que conoce el pasado, el presente y el futuro. Me permitió no atarme a un momento sino tener libertad de movimiento para ir y volver. Esa voz todo lo sabe, todo lo conoce, incluso lo que sueña su hija. Y está muerta, además. Entonces se suman la ruta del espacio y la ruta del tiempo.

¿Qué ocurre con esa hija que se mueve tan a gusto en espacios complejos como son los hospitales?

Mi mamá confiaba absolutamente en los hospitales. Tenía una relación muy natural con todo ese universo y además, no me vigilaba, quizás porque sentía que era un espacio protegido. Y fue lo que me transmitió. Yo recorría las salas. En algunas entraba y en otras no, pero para mí eran espacios de juego, de experimentación. Lo que me pasa de adulta es que, cuando recuerdo, todo aparece bellamente iluminado, desde los jardines hasta los cielos. Como si el espacio entre la enfermedad y la cura tuviera que ver con una luz.

Esa tensión entre lo que sabemos de los hospitales y lo que esa niña ve e intuye, es uno de los aspectos que le dan espesor a la novela.

Es que nada es más real y más imaginario que un hospital. Para que funcione esa maquinaria, hay una gran división entre los que trabajan ahí y los que están afuera. En el mundo hospitalario nadie tiene miedo salvo los pacientes y sus familiares. Quienes trabajan no pueden quebrarse ni parar porque ellos tienen que sostener el funcionamiento de la cura. La imagen del hospital cristaliza como paraíso perdido en la evocación de la niña, algo que claramente no es sino que está en su memoria.

La madre también tiene memorias personales. Por ejemplo, esa mañana de junio de 1947 donde desfila junto a Eva Perón.

Eso sí ocurrió. Mi mamá contaba que para ese desfile habían sido elegido dos chicas de la Escuela de Enfermería de la Fundación Eva Perón que fueran simétricas: 60 kilos, un metro setenta de altura. Ella ponía el énfasis en eso, en la simetría, como una forma de evocar su propia belleza. La otra era rubia y ella, la morocha. Eva fue quien las seleccionó. Desfilaron una a cada lado del auto presidencial por avenida de Mayo, rumbo a la inauguración de un hogar de ancianos en la calle Solís.

¿Qué sucede cuando la madre enferma?

Transita su enfermedad como si siguiera estando de lado de quienes trabajan en el hospital, como si de alguna manera estuviera a salvo. Esa sensación está vinculada al mundo de la novela, un mundo femenino donde los hombres no aparecen y donde la intimidad está construida en torno al trabajo.                                    

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