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¿Cuál es el otro lado del poema?

El libro de Tamar

"Al viejo poema de amor de Héctor Libertella Tamara le construyó una casa, una casa grande": el texto que Mario Cámara leyó en la presentación del nuevo libro de Kamenszain. "El libro de Tamar es, entonces, la historia de un encuentro y un desencuentro amoroso en el marco de un formalismo puro y duro a través del cual los protagonistas se amaron y se alejaron".

Por Mario Cámara.

 

En uno de los últimos poemas de El libro de los divanes, Tamara escribe: “Yo a esta altura de mi vida / me siento obligada a ser clara / aunque nada ni nadie me lo pida. / En un poema de 1986 me puse oscura / para decir algo que ahora / diría de otra manera. / Transcribo parte de ese poema con el único fin / de poder usar de nuevo sin avergonzarme / la palabra sujeta: / “Se interna sigilosa la sujeta / en su revés, y una ficción fabrica / cuando se sueña”. / Para mí lo urgente a esa edad era graduarme de mí misma retener como diploma de adulta mi nombre propio / en una celda impersonal. / Para eso tuve que recurrir a la tercera persona / como si en verdad los sueños de la otra / los pudiera descifrar Tamara.” En este texto, Tamara retornaba a un poema de La casa grande, su libro de 1986, para decirnos que eso que había dicho querría ahora decirlo de otra manera. Incrustando tres antiguos versos exhibía, como una reliquia un viejo deseo: liberarse de sí misma, enterrar su nombre y volverse impersonal.

En ese poema, el de El libro de los divanes, producía una relectura salvaje, y para nada naif, no sólo de un poema, no solo de ése poema, sino de un modo de entender la poesía, que Tamara, ahora sí en El libro de Tamar, definirá como textualista pura y dura. Pero ser clara es, todavía, algo más, consiste en consignar aquello que antes, cuando era oscura no se le ocurría consignar, como nos dice en estos versos de El libro de los divanes "Cuando volvimos de Gaspar Campos cansadas transpiradas / yo estaba escribiendo De este lado del Mediterráneo y nunca se me hubiera ocurrido consignar aquel presente". Decir las cosas de otro modo, escribir lo que antes no hubiera escrito. Dos formas de combatir el formalismo puro y duro, la cárcel de la sujeta.

En esas relecturas y consignaciones, Tamara ha ido convocando una serie de nombres, Alejandra Pizarnik, Osvaldo Lamborghini, Néstor Perlongher, Roberto Jacoby, Oscar Masotta, Arturo Carrera, Ricardo Piglia, María Moreno y finalmente, por supuesto, Héctor Libertella. Como en un coro, ellos a veces cantan, otras hablan, se inmiscuyen en sus sueños, la acompañan, le enseñan, la habilitan. Con todos relee sus poemas, y es a muchos de ellos que, convocándolos, Tamara los relee. Se construye así un diálogo mediado por los libros. Ellos constituyen una generación, nos dice Tamara, por boca de Lamborghini en La novela de la poesía, "Nací en una generación / la muerte y la vida estaban / en un cuaderno a rayas". Y vuelve a decirlo en El libro de los divanes: "Soñé con Arturo Carrera / es un amigo de mi generación literaria", y lo reitera en El libro de Tamar, "Eran épocas en las que la costumbre de concurrir a un taller literario todavía no estaba naturalizada. De hecho nuestra generación los empezó a implementar tímidamente como un medio de supervivencia pero con la secreta convicción de que se trataba de algo un tanto espurio". Una generación literaria, una generación al amparo de Tel Quel, el barroco y el postestructuralismo. Una generación atravesada por la política y el psicoanálisis.

¿Qué relee Tamara en su generación? Así como ella necesita ser clara, pareciera ser que eso mismo les pide a sus compañeros de ruta, "Perlongher levantó la persiana / y en el centro de su día más claro / curado del barroco / insistió en negrita por duplicado / con un canto que no era ningún cuento: "Ahora que me estoy muriendo" / "Ahora que me estoy muriendo", nos anuncia en La novela de la poesía. No le hagan más el cuento, salgan de la cárcel del barroco, pero no dejen de cantar. Ella, Tamara, oficiará de traductora pero sin dejar de escuchar el canto, el ritmo, el corte.

Y así, de este modo, con este ímpetu, a partir del encuentro de un viejo poema que Héctor Libertella, su exmarido, compañero de generación, deslizara bajo su puerta, poco tiempo después de que se hubiera separado, Tamara inicia su trabajo. Nos cuenta, en primer lugar, que había leído el poema en el mismo momento en que Héctor Libertella lo había deslizado por debajo de la puerta. Sorprendida por la hoja encontrada, expectante de una palabra-acción, algo así como un “volvamos”, “estoy dispuesto a cambiar”, resultó decepcionada frente a un poema hermético que ni siquiera le estaba dirigido. El libro de Tamar es, entonces, la historia de un encuentro y un desencuentro amoroso en el marco de un formalismo puro y duro a través del cual los protagonistas se amaron y se alejaron, y es, también, la historia de una relectura de un poema privado que rearma una trama amorosa.

Años más tarde, depuesta la exigencia de una lengua contundente, Tamara asume la tarea de hundirse en los sentidos posibles de ese poema "lenguajero" titulado "Tamar". En cada uno de los capítulos de El libro de Tamar nos enfrentamos a un paciente rearmado que va deteniéndose sobre el título del poema, (que funciona como fuente originaria de la totalidad de los versos que lo componen), sobre cada uno de esos versos, e incluso sobre un dibujo entre verso y verso, y sobre la fecha que cierra el poema. ¡Qué cantidad de bolsones semánticos escondían esas 5 letras! Llegamos al final del libro con la impresión de haber leído un impresionante trabajo de traducción.

Releer, traducir, significa dejar de jugar a las escondidas o más bien descubrir el tesoro escondido en esos pocos versos, o, para volver al comienzo, hacer que ese poema, hable claro. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Qué es lo que hay que consignar? ¿Cuál es el otro lado del poema? ¿Su revés dónde está? El primer paso que da Tamara consiste en aproximarse al poema en clave amorosa, como si ese simple gesto que no había podido o no había querido realizar años atrás fuera la contraseña definitiva que abriría esas líneas. Después de todo, nos cuenta, el nombre de la dama en la retórica cortesana debía permanecer en secreto. Tamara es el nombre ausente del poema pero todo apunta hacia allí. La llave secreta, la contraseña, es, como se puede ver, literaria. Hablar claro entonces no significa salir de la literatura, sino leerla de otra manera.  Transfigurado por la clave amorosa, el poema comienza hablar con una lengua nueva.

En uno de los versos, el primero que Tamara lee, "Mata rata", se ilumina una estadía de la pareja en New York, en 1975, se recuerda la presencia de una “lauchita”, como dice el libro, que ante la fobia de la dama, el marido, Héctor, prestamente mató con una escoba. No se trata únicamente de una evocación melancólica. Tamara descubre que el propio verso, que todo el poema y que incluso el dibujo que lo acompaña, que hasta podría ser una escoba o una rama contundente, fue, y continúa siendo, en presente, una forma, un deseo, un intento, de seguir matando ratas.  

La lectura de los versos arma una trama no solo amorosa sino temporal. Tamara viaja al pasado, a 1975 o a 1980, observa su reacción inicial frente a "Tamar", y regresa su presente. En esos vaivenes, el poema es además de una rama para matar ratas, un puente para deslizarse entre diferentes tiempos. Nos asomamos al origen de la pareja, que es también el origen del primer libro de Tamara, De este lado del Mediterráneo, leemos sus dudas en torno a este texto, El libro de Tamar, y lo que de él puedan pensar sus hijos; nos enteramos de su maternidad entrelazada con la escritura de sus primeros ensayos durante su larga estadía en México. Héctor, mientras tanto, ayuda a ordenar lo que está disperso, autoriza su discurso ensayístico a través de la edición y la distribución de El texto silencioso, primer libro de ensayos de Tamara. El amor y la literatura se confunden todo el tiempo.

Como en fogonazos se consignan episodios de la generación: Iris, Josefina y Piglia, el maestro Osvaldo Lamborghini, las reuniones de lectura, el bar el Moderno, proyectos, publicaciones. Todo gira en torno al lenguaje. Pero algo de ese pasado permanece allí, es la vocación formalista, el formalismo puro y duro, la necesidad constante que los había aquejado, a Tamara, a Héctor, a la generación a la que pertenecieron, de diferenciar el yo que escribe de la persona del autor. En resumen: la militancia por el textualismo que fue clave, contraseña de una comunidad que deseaba escapar del confesionalismo ingenuo, y que se convirtió, con el paso del tiempo, en cárcel y aislamiento.

La relectura de los versos no es lineal, ni se ilusiona con la transparencia o la inmediatez. Tamara, por ejemplo, podría haber escrito sobre Héctor Libertella sin la mediación de un texto pero lo hizo invocando ese poema. Ese gesto resulta central para una pareja que se había amado compartiendo una determinada convicción sobre el lenguaje. "Tamar" contiene las marcas de una generación, es un resultado hipercondensado de uno de los escritores de esa generación que todavía necesita ser descubierto y releído. Pero también es diferente, quizá por su direccionamiento exclusivo, casi una carta que el correo nos deja por debajo de la puerta, quizá por su latencia de años a la espera de una lectura justa que lo arranque de su mutismo. “Tamar” es rama para matar ratas, puente para atravesar el tiempo, delgado hilo para reatar una trama que muestra sus costuras y su novedad.

¿Pero entonces, Tamara se nos confiesa, abandona todas las máscaras en esos vaivenes temporales, en la narración de esas pequeñas delicias de la vida conyugal, en los fogonazos generacionales? Así como en un verso de La novela de la poesía hablaba del canto que no es ningún cuento, ahora invoca a María Moreno bajo el ritmo del rap, tomando los títulos de los capítulos de su novela Black out, que se repiten una y otra vez a lo largo del texto, encuentra allí la recurrencia necesaria para decir lo que se quiere decir; también acude al tango, una vez más, que, nos dice, torsiona y permuta en lunfardo para darle una vuelta enigmática a lo que se quiere decir. El rap, el tango, la poesía, es decir el corte, el encabalgamiento, golpean y golpean "sobre los asuntos de la vida para que aparezcan en su verdad". "Creo ahora que algo parecido, nos dice Tamara, pasa con la rima que ajusta los versos de "Tamar". 

Como una orquesta musicalizada por el juglar Libertella y con la voz estelar de la tanguera Tamara, atraviesan el libroJulia Kristeva y Philipe Sollers, Sharon Olds y su marido, Ricardo Piglia y Josefina Ludmer, o Mark Strand y su pareja. Se citan textos, poemas, desavenencias entre ellos, para quienes la escritura resultó un vínculo central. Junto con la generación, aunque algunos pertenezcan, ofrecen claves, pistas y futuros posibles para la lectura que Tamara hace de “Tamar” y de sí misma, y le inoculan el deseo de seguir moviéndose hacia otra vida y hacia otros libros.

Confieso que desde que se publicó El libro de Tamar me he encontrado discutiendo con amigos a qué género pertenece. ¿Novela, ensayo, poesía? ¿Todo eso junto? ¿Nada de eso y completamente otra cosa? Nuevos poemas, relecturas, apropiaciones, reflexión, intriga, el tramado es tan consistente que resulta difícil llegar a una conclusión, pero lo intento, y con esto termino: En los últimos versos de El eco de mi madre Tamara nos decía lo siguiente: "Acompañé a mi madre a morir dos veces / y en estas fechas / ¿qué más puedo decir? / Diga lo que diga / en presente me siento libre / y hasta me parece que a lo mejor /... quién te dice... / mañana empiezo una novela". Dos años después, en 2012, publica dos libros en uno, o mejor dicho publica su poesía completa y suma allí un libro nuevo, y decide ponerle a su poesía completa el nombre de su nuevo libro: La novela de la poesía. Pero como si eso no alcanzara, en 2014, cuando leemos El libro de los divanes, a la clásica separación en tres partes de sus librosanteriores, ahora la suplanta con capítulos. Promesas, indicios, adelantos, ensayos, que parecen concretarse en este libro que estamos presentando esta noche, El libro de Tamar, historia de amor, ficción amorosa, retrato de una generación, todo esto y más. Me pregunto si estoy queriendo decir que El libro de Tamar es una novela. No lo sé, no sé si importa porque hoy lo que importa es quién habla pero no en qué género habla. De todos modos a mí me gusta pensar lo siguiente, que al viejo poema de amor de Héctor Libertella Tamara le construyó una casa, una casa grande.

 

 

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