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Los días espinosos de Yasunari Kawabata

Ph | Tadahiko Hayashi

Un perfil del primer Premio Nobel japonés

Luciano Lahiteau visitó el museo-memorial de Kawabata, en Ibaraki, una ciudad anodina en las afueras de Osaka: es allí donde se crió el primer Premio Nobel japonés, nacido el mismo año que Nabokov, Borges y Hemingway. A partir de ese recorrido, una reconstrucción de la vida del autor de País de nieve, que siempre regresaba a sus propios libros. Para reescribirlos.

Por Luciano Lahiteau.

La estación Ibaraki de la JR Kyoto Line no tiene nada de especial. Un techo de zinc, butacas plásticas, máquinas expendedoras de bebida y carteles que anuncian trenes a Senrioka, en dirección a Osaka, la segunda ciudad más grande de Japón; o hacia Settsu-Tonda, en dirección a Kioto, la vieja capital imperial, distante unos 50 kilómetros al noroeste. Nada que indique que cien años atrás, en esta localidad del conurbano más conflictivo de la isla oriental, Yasunari Kawabata empezaba a desprenderse de aquel joven de predestinada soledad y erotismo reservado de Diario íntimo de mi decimosexto aniversario, para regresar, con el tiempo, a través de los hilos de la melancolía.

Kawabata nació en el barrio osaqueño de Kita-ku, en el curso de 1899, el mismo año que Nabokov, Borges y Hemingway. Su casa estaba frente al santuario Tenmangu, en un edificio que ahora ocupa el restaurant Aioiro. Una placa conmemorativa recuerda que allí nació el primer japonés en obtener el Nobel de literatura. Y allí vivió hasta que la tuberculosis tomó la vida de sus padres (Eikichi, médico y poeta; Gen, ama de casa) dejando a Yasunari, de solo 3 años, a cargo de sus abuelos maternos. Los ancianos lo recibieron en su casona del suburbio de Toyokawa Oaza; que en 1948 fue refundado como Ibaraki, que significa “árboles silvestres” o “espinosos”. En esta ciudad Kawabata tiene una avenida con su nombre, un monumento de piedra que reza “hazte amigos a través de la literatura”, y un Hall Literario Municipal que conserva 400 objetos suyos y una réplica exacta de la sala de escritura que tenía en su solar de Kamakura. También en Ibaraki sobreviven dos de las librerías que Kawabata frecuentaba en su juventud: Toratani Seiseido, que dejó su local a la calle a una tienda de todo por 99-yen y se mudó al primer piso; y Horikokyokudo, cerca de su escuela secundaria.

Poco después de llegar a Ibaraki, Kawabata perdió a su abuela. Era 1906. Y a Yoshiko, su única hermana, en 1909. Ellas inspiraron sutilmente varios de los personajes femeninos de Historias en la palma de la mano, el complejo de relatos brevísimos que se editaron al final de su vida. Esos personajes tienen algo de intangibles, como si fueran fantasmas. Los siguientes ocho años los pasó con su abuelo, un anciano ciego que recitaba versos antológicos, escuchaba música tradicional y hacía de su nieto el habitante mudo de los recodos de su memoria, donde anclaba el pasado mestizo de la bahía de Osaka, el lugar por donde ingresaron a Japón las culturas china y coreana, el budismo y el sintoísmo. Es en este clima subtropical, de verano agobiante e invierno condescendiente, tan distinto al escenario blanco de País de nieve, donde Yasunari ejercitó su ojo de francotirador para la descripción y tiznó a sus escritos de “una suave melancolía”, como escribió su traductor argentino Alberto Silva. En Hogar (1928), uno de los relatos para el cuenco de la mano, un viejo que ha perdido la vista dice: “Un ciego conoce todos los escondrijos de su casa. Está tan familiarizado con ella como lo está con su propio cuerpo. Para un vidente, una casa es algo muerto, pero para un ciego está viva. Tiene una pulsación”. Kawabata remedió la inexistencia de grandes historias con la significación de lo minúsculo y el uso de la sugerencia como reactivo del suspenso y la acción.

Ibaraki, ciudad gris y anodina, se convirtió en el lugar donde forjó su sensibilidad transparente y su onírica percepción de la belleza. Diario íntimo… es el reflejo del alumbramiento literario de Kawabata, que fue un estudiante destacado de la Primaria Toyokawa y uno sobresaliente en la Escuela Media de Ibaraki, donde era protegido del profesor de lenguas Ninichiro Kurasaki. Kurasaki sería otra pérdida importante para Kawabata. Mientras cursaba quinto año, el profesor falleció y él sintió que debía despedirlo con loas. Kawabata escribió un texto para el funeral, donde lo leyó. El obituario se convertirá en su primera publicación: el periódico local Danran lo incluyó en su edición de marzo de 1915 con un título que daba pistas sobre el carácter melancólico de su joven autor: “Llevando el cofre de mi difunto maestro sobre mis hombros” (Kuraki Sensei no Soshiki).

De pronto, y sin todavía haber cumplido los 18, Kawabata se había convertido en escritor. Enseguida aparecieron firmas suyas en diarios y revistas, los formatos que años más tarde serían soportes de las entregas de novelas como La pandilla de Asakusa o País de nieve. En Ibaraki, el diario Kehian Shimpo publicó poemas y narraciones cortas como “Noche de nieve ligera” (Awayuki no Yoru) o “Taza de té púrpura” (Murasaki no Chawan), de las que se conservan recortes en el Ibaraki Municipal Kawabata Literature Hall.

En el número 2-11-25 de Kamichujo, Ibaraki, el edificio se yergue con ladrillos a la vista al estilo británico y con placas en idioma japonés. Adentro, el director Terumi Takahashi se preocupa porque los visitantes pasen un tiempo agradable y aprovechen a ver el Templo Gobo, donde Kawabata pronunció el discurso de despedida para Kurasaki. La sala principal del Hall tiene ediciones en varios idiomas de El maestro de Go o Lo bello y lo triste. Hay fotos de un joven y delicado Yasunari Kawabata junto a sus compañeros de escuela, correspondencia y ejercicios de caligrafía con kanjis antiguos, además de primeros bocetos e ideas sueltas. Apenas retazos del célebre continuum creativo de Kawabata, que volvía constantemente sobre sus textos para reescribirlos.

Al rodear la sala aparecen un mapa de Ibaraki con los mojones del paso del escritor por la ciudad y una vitrina más, con la versión completa de su discurso de aceptación del Nobel, algunas fotos de aquellas noches en Estocolmo y otras en el Louvre de París con su esposa Hideko, una de ellas suscripta con una cita de Paul Cézanne, además de un volumen de Baudelaire firmado por el propio Kawabata. La última sala es un diario fotográfico del rodaje de la primera adaptación al cine de La bailarina de Izu, en la que Kawabata supervisó el guión. Y luego, en la pausa de un pasillo oscuro, la maqueta del solar que se hizo construir en Kamakura, la ciudad costera donde eligió vivir a partir de 1935, como preámbulo al recinto que imita la habitación donde Kawabata escribió todas las obras de su madurez. Allí los visitantes se sientan en posición de loto, miran frente a sí el ploteo de un jardín, e improvisan, sobre el escritorio bajo y con pluma, una frase de recuerdo para ellos mismos.

Kawabata se graduó en 1917 y partió de Ibaraki rumbo a Izu, un archipiélago de islas volcánicas. En ese viaje se inspira su primer libro, La bailarina de Izu, de 1926, y su relación con Kiyono, un amor platónico con quien estará en contacto por muchos años, como ha quedado constancia en Correspondencias (1945-1970), publicado en 2003. Kawabata le decía a Kiyono que la excitante y cada vez más occidentalizada capital se le antojaba un lugar donde “vivir una experiencia” y hallar “algo nuevo”.

Con el despertar de la década del ‘20, Yasunari se estableció en la capital y se puso en contacto con el grupo literario de Kikuchi Ken. La Escuela de la Nueva Sensibilidad (Shinkankaku Ha) anestesió la observación naturalista y atemporal del haiku y empujó a Kawabata a un nuevo compromiso con la realidad y al frenético ritmo de las urbes del siglo XX. Escribió crítica literaria y como los expresionistas europeos, puso en La pandilla de Asakusa toda la vibración sexual e irreverente de la juventud que vivía al ritmo del jazz.

Según Juan Forn, Yasunari leyó en aquellos años algunos libros europeos como La montaña mágica de Thomas Mann y el Ulises de James Joyce, al menos las partes traducidas en revistas locales. “Pero el fermento occidental que más lo influyó fueron sin duda las películas que veía en los cines del Sexto Distrito, las publicaciones radiales y gráficas que ensordecían a la ciudad, los modismos y costumbres que los compatriotas de su edad adoptaban como propios”.

Ya como estudiante de la Universidad Imperial de Tokio en lenguas japonesas (a las que abrazó luego de un primer intento con la literatura occidental), entró en contacto con Yokomitsu Riichi, Kishida Kunio y Nakagawa Yoichi, con quienes editó Bungei Jidai, una revista que buscaba capturar la idea de que la vida era dinámica e individual y debía ser traducida al papel en “impresiones sensibles inmediatas”.

Después del frenesí moderno de los ’20 y del espanto de la Segunda Guerra Kawabata dijo que de allí en más solo escribiría elegías y se fue de Tokio, a la que vio hundirse en las llamas y renacer. A pesar del halo zen de su obra, nunca vivió en Kioto ni pasó mucho tiempo allí. Vivió unos meses en Ueno, y como otros autores del movimiento moderno de las letras japonesas, se mudó a la villa costera de Kamakura, al sur de Yokohama, donde inició el camino de regreso a lo que la Academia Sueca llamó “maestría narrativa que expresa con sensibilidad la esencia de la mente japonesa” y que se asienta, más bien, en la revisión de elementos tradicionales como el misterio (yugen), el vacío (ku) y la pausa (ma).

Volvió a Ibaraki dos veces. La primera en 1965, cuando la Escuela Media cumplió 70 años. Y la segunda en 1969, un año después de recibir el Nobel y dos antes de suicidarse, como invitado de honor para la inauguración del Hall Literario que solo vende postales de uno de los ejercicios caligráficos preferidos de Kawabata. Es parte de un poemario antiquísimo cuyos kanjis, juntos, significan concentración de corazón y mente, cuerpo y alma en uno solo.

 

 

 

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