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Violencia y lenguaje

Por Ivonne Bordelois

"Una primera y muy extendida forma de violencia que sufre la lengua, en la que todos prácticamente participamos, es el prejuicio que de manera exclusiva la define como un medio de comunicación". Tomado de la edición ampliada de La palabra amenazada (Libros del Zorzal), recuperamos este texto indeleble que ya tiene más de una década de vigencia.

Por Ivonne Bordelois.

 

En estos días, se habla mucho de violencia; acaso demasiado. El mismo hablar contra la violencia parece generar violencia. Profetas que aúllan, pacificadores que abruman, políticos y periodistas que ensordecen, rockeros que deliran: de este estruendo parece surgir en nosotros sólo un vehemente deseo de fuga a un lugar de silencio y de paz. Acaso ese lugar es mucho más accesible que lo que nos imaginamos. Y estas líneas, que intentan una suerte de ecología del lenguaje, se proponen imaginar ese lugar; porque uno de los aterradores poderes de la violencia es que está destinada, precisamente, a la tarea de destruir la imaginación, tarea en la que es muy eficaz.

Una primera y muy extendida forma de violencia que sufre la lengua, en la que todos prácticamente participamos, es el prejuicio que de manera exclusiva la define como un medio de comunicación. No es un azar el que un filósofo como Walter Benjamin, al hablar de la caída, diga que la primera caída consiste en considerar la palabra como un medio o un instrumento. Si se la considera así –como lo hace nuestra sociedad–, se la violenta en el sentido de que se olvida que el lenguaje –en particular, el lenguaje poético– no es sólo el medio, sino también el fin de la comunicación. Cuando se mediatiza el lenguaje, cuando se lo considera sólo una mediación para otra mediación –porque la comunicación se pone al servicio del marketing, el marketing, del dinero, y así sucesiva e infinitamente– nos olvidamos de que el lenguaje es ante todo un placer, un placer sagrado; una forma, acaso la más elevada, de amor y de conocimiento.

En el logro de cada acto de lenguaje, hay una pulsión de vida que se satisface: una onda sonora emitida vocalmente encuentra su acogida en nuestra capacidad biológica de escucha, de un modo que cabe comparar con la plenitud del acto sexual: relación misteriosa y fecunda. El lenguaje pone de manifiesto nuestra capacidad innata de investir nuestra energía en palabras, que nos relacionan a su vez con los otros y con nosotros mismos. Y las relaciones existentes entre las palabras son a la vez espejo y modelo de nuestras propias relaciones con el universo.

A través de la comunicación, el lenguaje se va recreando, y con él se recrea el grupo que lo comparte. No sólo el placer sino incluso la identidad misma del grupo hablante entran en juego en cada acto verbal. Palabras como nación, proletariado, democracia, pacifismo, discriminación, derechos humanos nos han ido definiendo a través de los tiempos, y en verdad no podríamos reconocernos históricamente sin ellas, a pesar de las múltiples y conflictivas interpretaciones que de ellas podemos dar.

Si es verdad que la pulsión de vida, el Eros, es la que vincula al deseo y su objeto, y el placer es la señal certera de su realización, el lenguaje es una de las manifestaciones más evidentes y universales del principio de placer. En cada comunicación verbal que se logra, se da una relación misteriosa y fecunda. La libido hace de las palabras su objeto y habitación: entre la lengua parlante y la oreja escuchante, hay una relación análoga a la que existe entre el falo (que en sánscrito se llama lingam) y la vulva.

Este carácter peculiar del lenguaje es lo que garantiza su poder, un poder que prevalece sobre todas las operaciones intelectuales. En este sentido, es necesario recordar a Martí: “La lengua no es el caballo del pensamiento, sino su jinete”. Es decir, en la lengua hay algo anterior y superior, en cierto modo, al pensamiento mismo (1).

No es una coincidencia el hecho de que Martí fuera poeta, ya que son los poetas –junto con los niños– los que primero advierten las posibilidades más abiertas y secretas del lenguaje y juegan o se dejan jugar con ellas. Los etimólogos son también conscientes de estos despliegues, corroborados en los documentos que establecen los orígenes de una palabra. Si nos enteramos, por ejemplo, de que pasión y paciencia provienen de la misma raíz, así como amar y amamantar también tienen un parentesco común, algo en nosotros descubre esa fuente que es la sabiduría inmanente del lenguaje y se inclina a escucharla.

Y si pensamos en el lenguaje como un órgano de conocimiento anterior al pensamiento, la pregunta normal ya no es “¿cuántas lenguas habla usted?”, sino “¿cuántas lenguas escucha usted?”. Hablamos aquí de un don más íntimo, tan  desconocido como necesario en nuestros días: el don de escuchar lenguas, y en particular, el don de dar lugar en nosotros a la escucha de nuestra propia lengua, que tan desatenta y desatentadamente hablamos y a la que tan poco lugar y tiempo de reflexión concedemos. Entre el uso de la palabra y la escucha de la palabra, media una distancia semejante a la que separa al amor de la prostitución.

Cuando nos acercamos a alguien sólo sexualmente, sin amor, como ocurre con la prostitución, estamos usando nuestros cuerpos sin reparar en nuestras personas o en nuestra intimidad. Cuando hablamos con el solo propósito comunicativo, despojamos a las palabras y al mensaje verbal de su belleza singular, de su dignidad, de su gracia. En ambos casos, hay uso y abuso de la energía de luz y crecimiento mutuo propia del ser humano. En realidad, en cualquier intercambio verbal son tres los participantes: quien habla, quien escucha y aquel que hace posible el intercambio, esto es, el lenguaje mismo. Y acaso él sea el interlocutor más poderoso, porque es el único realmente necesario. Por eso la relevancia de escucharlo. La calidad de nuestras relaciones se define a través del tono y la calidad de nuestras conversaciones.

Piénsese en la ridícula paradoja que encierra la común expresión “dominar una lengua”. Las lenguas son ellas mismas dominios inmensos de tradiciones, vastos léxicos que se nos escapan, reglas gramaticales subterráneas de las que apenas alcanzamos a atisbar los mecanismos, métricas tan espontáneas como misteriosas, poéticas realizadas y otras maravillosas por cumplirse. Con todo, no hay que imaginar que las lenguas se despliegan como grandes monumentos plásticos típicos del gran arte patriarcal y occidental, como el Miguel Ángel de la Capilla Sixtina. Las lenguas se parecen en su textura a los collages infantiles, a los quilts de las mujeres nórdicas, a los tapices maravillosos de Chichicastenango. Colores entretejidos, cintas caprichosas que se pierden, arabescos entrelazándose: así son las lenguas, mezclas poderosas de capricho y sabiduría, de misterio y arquitectura. De nada de todo esto corresponde ni es posible apropiarse: sólo una contemplación admirada, un humilde y tenaz estudio que arranque de la certeza de la inaccesibilidad total de su objeto último caben aquí.

Hay culturas que son generosas con su lenguaje y están atentas a él, como la de España en el Siglo de Oro o la de Inglaterra en la época de Shakespeare, y lo transmiten y lo llevan a un fulgor extraordinario. Dice Steiner que en el inglés de ciertos períodos hay un sentimiento de descubrimiento, de adquisición exuberante que nunca se ha vuelto a reconquistar íntegramente. “Marlowe, Bacon, Shakespeare usan las palabras como si fueran nuevas, como si ningún roce previo hubiera enturbiado su esplendor o atenuado su resonancia. Así es como los siglos xvi y xvii parecían contemplar el lenguaje mismo. Tenían ante sí el gran tesoro, cuyas puertas se habían abierto de improviso y las saqueaban con la sensación de que era infinito.” Notemos, con todo, la imagen típica de la visión dominadora de la lengua en Steiner. Shakespeare no saqueaba la lengua: la escuchaba en su ámbito más profundo; por eso es Shakespeare. Y el inglés, como toda lengua natural, aun la más pobre lexicalmente, sigue siendo infinito en sus posibilidades, pese a las desvirtuaciones que puede sufrir en nuestros tiempos. Hablamos de épocas excepcionales, en las que el lenguaje es sentido no exclusivamente como un medio de comunicación, una moneda de intercambio circulante y corriente, sino como un camino de conocimiento y de celebración. En esas épocas afortunadas, el lenguaje no es sólo usado, sino que es escuchado por los grandes poetas, y de esta escucha y de esta reinterpretación surgen los poemas más memorables de nuestra historia; no digo ya de la historia de las literaturas particulares, sino de la historia de la especie.

 

 

 

(1) La filosofía del giro lingüístico, tal como la presenta Dardo Scavino, llega a decir que el lenguaje deja de ser un medio, algo que estaría entre el yo y la realidad, para convertirse en un léxico, capaz de crear tanto el yo como la realidad. Menos radicalmente, preferiríamos apelar a la noción de campo, que aparece de manera simultánea entre dos instancias (el yo y su interlocutor, el yo y la “realidad”) como correlato necesario de ese encuentro, determinando y siendo determinada a su vez por estas presencias. Recordemos que en el Génesis las palabras anteceden a las cosas, no las reflejan. Dios nombra primero a la luz para que la luz exista, y es la palabra la que termina con el caos. En el caso de Adán, los animales preceden a sus nombres, que son los que Adán les da y los que les “corresponden”. Sería interesante explorar el paralelismo de la tradición hebrea con el pensamiento platónico e idealista, en el cual las ideas preceden a las cosas. (Lo común de ambas tradiciones es que la realidad no existe si no hay algo que la promueva y condicione a la existencia: en el pensamiento hebreo, este algo es la palabra; en el platónico, la idea. Es decir, en el pensamiento platónico el hombre se asemeja más a Dios que a Adán.)

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