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¿Cuál fue tu peor día de furia?

Por Leila Sucari

"Doy un portazo, me saco la ropa, abro la ducha. El momento de bañarme es sagrado, mi único lugar propio. Cierro los ojos, dejo que el vapor me limpie las ideas, escupo sobre los azulejos, aflojo los hombros". En el último Filba Internacional, a un grupo de escritores se les encargó redacten el testimonio de su peor día de furia. Acá, el de la autora de Adentro tampoco hay luz.

Por Leila Sucari.

Me despierto porque alguien tironea de mi remera. Es mi hijo que quiere teta. Lo empujo contra la almohada y le digo que no, que me deje dormir, que se duerma, que basta. Pero a él no le interesan mis deseos. Despierta, despierta, grita mientras me sacude. Quiere succionarme, adherirse a mi cuerpo como si fuéramos una misma cosa, vaciarme hasta la última gota. No sos más un bebé, le digo, y entonces el llanto, el bebé que se enoja y me mira con ojos de criatura abandonada. La madre que se agacha y lo abraza, quiere calmarlo, vení mi amor, no llores. Pero no. Vete de aquí, caca de perro, lanza el maleducado. Andá a cagar, le digo y me arrepiento al segundo, y me levanto sin poder recordar lo que estaba soñando.

Lavo la mamadera en la cocina. El accidente de la noche se hace carne: el tajo se abre, mi mano herida late sobre el chorro de agua caliente. Pelar papas para la cena puede convertirse en un crimen. Se desangra la madre alimentando a su niño. En eso también fracasé. El suicidio apenas me rasguñó la yema de un dedo. Soy cobarde de nacimiento. Ahora mis tejidos se manifiestan sobre los platos sucios mientras mi gata vomita en el sillón. Otra vez le cayó mal la comida. Levanto la inmundicia con un papel higiénico que se deshace. Le pido a mi hijo que me alcance un trapo y viene con un pantaloncito limpio. Tiro el papel al tacho, dejo que los restos se pudran sobre el parquet, total la casa ya es un desastre. No quiero hacer la cama ni ordenar la ropa, los platos de ayer que los lave otro. Suena el celular, ¿dónde estás? Tiro el teléfono sobre la cama. Hagamos jardinería, le digo a mi hijo y él me abraza y yo me hundo en su pelo y todo es perfecto por un microsegundo.

En las plantas hay invasión de pulgones, malditos bichos sin cara. Los odio. El jabón potásico no sirvió para nada. El tabaco, tampoco. Hay que ir a lo seguro: agarro una hoja afilada y la clavo en el centro de la comunidad. Exploto uno por uno, la muerte me hace agua la boca. Después paso un hisopo, un algodoncito húmedo para no dejar rastros de la masacre. Arrancamos los yuyos. ¿Y mi leche? Cierto, dejé la mamadera al lado del vómito. Acuesto a la criatura, que tome la leche en la cama. Suena el celular, un mensaje: llamame. Prendo la tele. Mamita se va a bañar, quédate acá mirando los dibujitos. Sí, ma, ti amo. Y yo a vos, ¿Sabías que sos lo más hermoso que existe en el universo? ¿Y en el sol y en la luna también? Sí, también, le digo, y huyo de él como un animal que se encuentra con su predador.

Doy un portazo, me saco la ropa, abro la ducha. El momento de bañarme es sagrado, mi único lugar propio. Cierro los ojos, dejo que el vapor me limpie las ideas, escupo sobre los azulejos, aflojo los hombros. Podría estar una eternidad acá adentro, volverme anfibia. Deshacerme en mil partículas de agua, irme por la cañería. Un golpe seco interrumpe el divague. ¿Qué pasó?, grito y nadie responde. ¿Estás bien?, y nada. Apago la ducha, salgo con el pelo sin enjuagar, la espuma se resbala por mi cuello. Corro a la habitación, sigue vivo. Teta, dice y se ríe. La mamadera voló por el aire, hay gotas de leche por todos lados. Una constelación láctea. Busco a los gatos, que se encarguen ellos. Me visto con lo primero que encuentro. Improviso una venda con algodón y cinta adhesiva. Soy un muñeco de nieve deforme. Suena el celular, un mail de trabajo. Urgente, dice el asunto. Alzo a mi hijo, lo subo al carrito, nos vamos sin almorzar. Corro para llegar a tiempo, es tarde, como siempre. ¡A volar!, dice eufórico. Disfruta del viento que golpea sus cachetes mientras yo avanzo a toda velocidad y me quedo sin aire. Cruzamos en rojo. ¡Dale, forra!, me grita un pelotudo en moto. Pateo el cordón de la calle, me duele pero sigo corriendo para no perder el tren. Llegamos justo a tiempo. Lo dejo en el jardín, le doy un beso en la frente, él me abraza entre las piernas. Armo una sonrisa para satisfacer al coro de señoritas y paro el primer taxi.

El tipo a cada rato se da vuelta y me mira los tobillos. Se le acumula grasa en los ojos y se chupa los labios como una boa en cautiverio. Su tic nervioso me desespera. Miro sus manos, tiene los dedos gordos y las uñas perfectas, pintadas con un brillito sutil que rebota contra el sol. Ahora me muestra los dientes por el espejo. Su lengua tibia e inútil. Pienso en matarlo, reventarle la cabeza con el matafuegos como si fuera el padre de todos los pulgones. Limpiar sus restos con toallitas para bebé. Abandonar el auto. Prender fuego los asientos de cuerina. Calentarme al lado de la fogata mientras su gordura se derrite y forma un charco sobre el asfalto. Pienso en salir corriendo y no volver nunca. Que se incendie el mundo, total ya es un desastre. Miro a mi estúpido muñequito de nieve. Lo arranco de un tirón. La sangre seca parece una boca abierta. Lanzo el grito por la ventana.

 

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