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Apocalipsis

Katherine Mansfield

Un cuento de Katherine Mansfield

Un viento despedazante sopla por dentro de la protagonista de esta historia de la neozelandesa Katherine Mansfield, quien alguna vez escribió: "No bajes tu máscara hasta que tengas otra máscara preparada debajo". 

Por Katherine Mansfield. Traducción Juani Guerra.

Mónica Tyrell padecía de los nervios desde las ocho en punto de la mañana hasta alrededor de las once y media, y tan terrible era su padecimiento que esas horas eran... agónicas, sencillamente. No era como cuando puedes controlarlos. «Quizás si tuviera diez años menos...», solía decir. Porque ahora con treinta y tres tenía una forma un tanto rara de sacar a relucir su edad a la primera de cambio, de mirar a sus amigos con ojos de niña, insondables, y decir: «Sí, recuerdo cómo hace veinte años...» o de llamar la atención de Ralph sobre las chicas, las chicas de verdad, con brazos y cuellos juveniles y preciosos y rápidos movimientos indecisos, que se sentaban cerca de ellos en los restaurantes. «Quizás si tuviera diez años menos...» 

—¿Por qué no haces que Marie se siente delante de tu puerta y prohíbes tajantememte que nadie se acerque a tu habitación hasta que hagas sonar la campanilla? 

—¡Cielos, si fuera tan sencillo como eso! —tiró al suelo los guantes pequeños y se apretó los párpados con los dedos de aquella forma que él tan bien conocía—. Y para empezar no podría quitarme de la cabeza a Marie sentada allí, a Marie sacudiéndole el índice a Rudd y a la señora Moon, a ¡Marie como una especie de híbrido entre celadora y enfermera de psiquiátrico! Y luego está el correo. Es inevitable que llegue el correo, y una vez que haya llegado, ¿quién, quién podría esperarse hasta las once para abrir las cartas? 

Se le iluminaron los ojos y la abrazó rápida y delicadamente. 

—¿Mis cartas, querida? 

—Quizás —dijo lenta y suavemente, y se pasó la mano por el pelo rojizo, sonriendo también, pero pensando: ¡Dios! ¡Qué palabra más estúpida! 

Pero esta mañana la había despertado un fuerte portazo en la entrada principal. Pam. El piso tembló. ¿Qué ha sido eso? Se incorporó sobresaltada y aferró el edredón; tenía palpitaciones. ¿Qué podía ser? Entonces oyó voces en el pasillo. Marie tocó y, al abrirse la puerta, la persiana y las cortinas salieron volando tras un brusco desgarro tensándose, dando aletazos y fuertes sacudidas. La borla de la persiana golpeaba y golpeaba contra la ventana. 

Eh-h, voilà —prorrumpió Marie soltando la bandeja y corriendo—. C’est le vent, Madame. C’est un vent insupportable

La persiana se enrolló sola; la ventana quedó abierta de golpe; una luz blanquecina-grisácea inundó la habitación. Mónica alcanzó a ver un inmenso cielo pálido y una nube como una camisa rasgada que cruzaba a rastras antes de taparse los ojos con la manga. 

—¡Marie, las cortinas! ¡Rápido, las cortinas! —Mónica se volvió a meter en la cama y entonces: «Rin-tin-ei-pin-pin, rintin-ei-pin-pin.» Era el teléfono. Había alcanzado el límite de su sufrimiento; se tranquilizó mucho. 

—Ve a ver, Marie. 

—Es Monsieur. Quiere saber si Madame querrá almorzar hoy en Prince a la una y media —sí, era Monsieur en persona. Sí, había pedido que se le diera el mensaje a Madame enseguida. En lugar de responder, Mónica soltó la taza y le preguntó a Marie con un hilo de voz perpleja qué hora era. Eran las nueve y media. Se tumbó en silencio y medio cerró los ojos. 

—Dile a Monsieur que no puedo ir —dijo con discreción. Pero en cuanto se cerró la puerta la ira, de repente la ira se apoderó de ella muy adentro, muy adentro, violenta, medio estrangulándola. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía Ralph a hacer algo así sabiendo lo agónicos que eran sus nervios por la mañana? ¿Es que acaso no le había explicado y descrito, e incluso (aunque comedidamente, claro; algo así no lo podía contar a las claras) no le había dado a entender acaso que eso era lo único que no podría perdonarle? 

Y encima elegir esta terrible mañana ventosa. ¿No pensaría que no era más que una manía suya, un pequeño capricho femenino del que reírse y al que no dar importancia? Porque, precisamente la noche anterior le había dicho: 

—Sí, pero también tú debes tomarme en serio —y él había respondido—: Amor mío, no me creerás, pero te conozco infinitamente mejor de lo que te conoces tú a ti misma. Atesoro cada uno de tus delicados pensamientos y sentimientos ante los que me inclino en reverencia. ¡Eso, ríete! ¡Me encanta observar cómo se te sube el labio! —y se había estirado hacia ella por encima de la mesa—: No me importa que los demás vean que no hay nada de ti que no adore. Estaría contigo en la cima de una montaña y permitiría que todos los reflectores del mundo cayeran sobre nosotros. 

—¡Cielo santo! —Mónica estuvo a punto de llevarse las manos a la cabeza. ¿Era posible que hubiera dicho eso realmente? ¡Qué increíbles eran los hombres! Y lo había amado. ... ¿Cómo podía ella haber amado a un hombre que hablaba así? ¿Qué era lo que había estado haciendo en todo aquel tiempo desde aquella fiesta meses atrás, cuando él había ido a verla a su casa y le había preguntado si era posible que volviera para volver a mirar de nuevo aquella «lánguida sonrisa árabe». Ah, qué disparate, qué auténtico disparate y así y todo al mismo tiempo se acordaba de un profundo y extraño estremecimiento distinto a todos los que había sentido antes. 

—¡Carbón, carbón, carbón! ¡Chatarra, chatarra, chatarra! —sonó desde la calle. Todo había terminado. ¿Entenderla? Él no había entendido nada. Aquella llamada despertándola en una mañana ventosa era más que reveladora. ¿Entendería él eso? Hasta pudo haber reído. «Me has llamado despertándome cuando cualquiera que me comprendiese sencillamente no lo hubiera hecho.» Fue el fin. Y cuando Marie dijo: «Monsieur ha contestado que estará en el vestíbulo para el caso de que Madame cambie de opinión», Mónica dijo: 

—No, verbena no, Marie. Claveles. Dos ramos. 

Una salvaje mañana blanca, un viento despedazante, estremecedor. Mónica se sentó delante del espejo. Estaba pálida. La doncella le peinaba el pelo negro hacia atrás, se lo echaba todo para atrás; tenía la cara como una máscara, con párpados perfilados y labios rojo fuerte. Mientras se observaba en el cristal de sombras azuladas de pronto sintió..., cielos, sintió cómo la excitación más extraña, más colosal la iba llenando despacio, muy despacio, hasta que le entraron ganas de lanzar los brazos al vuelo, de reír, de tirarlo todo, de escandalizar a Marie, de gritar: «Soy libre. Soy libre. Soy libre como el viento.» Y ahora todo este mundo de vibraciones, trepidante, excitante, de alas, era de ella. Era su reino. No, no, ella no le pertenecía a nadie más que a la vida. 

—Ése irá bien, Marie —tartamudeó—. Mi sombrero, mi abrigo y mi bolso. Y ahora pídeme un taxi.

¿Adónde estaba yendo? Ah, a cualquier sitio. No podía soportar aquel piso silencioso, a la silenciosa Marie, aquel fantasmal, silencioso, interior femenino. Tiene que salir; tiene que circular a toda velocidad, a cualquier sitio, a cualquier sitio. 

—El taxi está aquí, Madame —al empujar los portones de entrada a los pisos la sorprendió el brutal viento y la levantó hasta el otro lado de la acera. ¿Adónde? Entró y le dijo con una sonrisa radiante al taxista enojado, de mirada fría, que la llevara a su peluquería. ¿Qué haría ella sin su peluquería? Siempre que Mónica no tenía otro sitio adonde ir o nada de nada que hacer, allí se iba en coche. Sólo con hacerse un moldeado en un momento podía ocurrírsele algún plan. El taxista enojado, frío, conducía a una velocidad pavorosa, y ella se dejaba lanzarse de un lado a otro. Deseaba que fuera cada vez más rápido. Ah, librarse de Princes a la una y media, de ser la gatita en la cesta de plumón de cisne, de ser la árabe y la niña seria, deliciosa y la criaturita salvaje. ... «Nunca más», gritó con todas sus fuerzas, apretando su pequeño puño. Pero el taxi había parado y el taxista estaba de pie manteniéndole la puerta abierta. 

La peluquería estaba cálida y reluciente. Olía a jabón, a papel quemado y a brillantina de alhelí. Allí estaba Madame detrás del mostrador, redonda, gorda, blanca, la cabeza como una borla rodando en un acerico de satén negro. Mónica siempre tuvo la sensación de que en esta peluquería la adoraban y de que la entendían, a la verdadera ella, mucho mejor de lo que la entendían sus amigos. Aquí era la verdadera ella, y ella y Madame, cosa extraña, habían hablado con frecuencia. Luego estaba George, que era el que la peinaba; el joven, moreno y esbelto George. Sentía auténtico cariño por él. 

Pero ese día (¡qué curioso!) Madame casi ni la saludó. Tenía la cara más blanca que nunca, pero alrededor de sus ojos de abalorio azul sobresalían dos aros de un rojo brillante, y ni siquiera relucían los anillos en sus dedos rechonchos. Estaban fríos, muertos, como astillas de cristal. Cuando llamó a George por el telefonillo de pared hubo un tono en su voz que no había habido allí nunca antes. Pero Mónica no lo creía. No, se negaba a creerlo. Era tan sólo su imaginación. Inhaló con avaricia el aire cálido, perfumado, y se metió por la cortina de terciopelo a la pequeña cabina. 

Se había quitado el sombrero y la chaqueta, que colgaban ya del perchero, y George aún no llegaba. Ésta era la primera vez en todo aquel tiempo que no estaba él allí para sujetarle la silla, para coger su sombrero y colgarle el bolso, haciéndolo oscilar en sus dedos como si fuera algo que nunca antes hubiera visto, algo mágico. ¡Y qué silenciosa estaba la peluquería! Nadie decía nada, ni siquiera Madame. Sólo soplaba el viento batiendo la vieja casa; el viento silbaba y los retratos de las Damas de la Era Pompadour tenían la mirada gacha y sonreían, astutas y pí- caras. Mónica deseó no haber venido. ¡Qué gran equivocación haber venido! Fatal. Fatal. ¿Dónde estaba George? Si no aparecía en el acto se marcharía. Se quitó el kimono blanco. No quiso volver a mirarse en el espejo. Los dedos le temblaron cuando abrió un tarro grande de crema de la repisa de cristal. Tuvo una sensación de vuelco en el corazón como si su felicidad, su maravillosa felicidad, estuviera tratando de liberarse. 

—Me voy. No me quedaré más —descolgó el sombrero. Pero justo en ese momento sonaron pasos y al mirar al espejo vio a George inclinándose en la entrada. ¡De qué forma tan extraña sonreía! Era el espejo, sin duda. Ella se volvió rápidamente. Los labios se le replegaron en algo parecido a una sonrisa y (¿no estaba sin afeitar?) la cara se le veía casi verde. 

—Siento mucho haberla tenido esperando —dijo entre dientes, deslizándose, escurriéndose hacia delante. 

Pues no, no iba a quedarse. «Creo», empezó. Pero él había encendido el gas, había dejado las tenacillas y le tenía sujeto el kimono. 

—Hace un viento —dijo él. Mónica se rindió. Olió sus dedos jóvenes y frescos prendiéndole la bata bajo la barbilla. 

—Sí que hace viento —dijo ella, derrumbándose de nuevo en el sillón. Y sobrevino el silencio. George quitó las horquillas a su manera experta. El pelo se le precipitó hacia atrás, pero él no lo sujetó como normalmente lo hacía, como queriendo sentir lo hermoso y suave y cargado que era. No dijo que lo tenía «maravillosamente bien». Lo dejó caer y, sacando un cepillo de un cajón, tosió débilmente, se aclaró la garganta y dijo sin ánimo: 

—Sí, es de lo más fuerte. Vaya que sí. No tuvo nada que responder. El cepillo le cayó sobre el pelo. Dios mío, ¡qué profunda tristeza!, ¡qué profunda tristeza! Caía rápido y leve, caía como las hojas; y luego caía neto, con tirones como los vuelcos que le daba el corazón. 

—Ya está bien —exclamó, liberándose de golpe. 

—¿Me he pasado? —preguntó George. Se inclinó sobre las tenacillas. 

—Lo siento —y llegó el olor a papel quemado (el olor que a ella le encantaba) y él giraba las tenacillas calientes con la mirada fija hacia delante. 

—No me sorprendería que lloviese —le levantó un mechón de pelo cuando ella (no lo iba a aguantar ni un minuto más) lo detuvo. Lo miró; se vio a sí misma mirándolo como una monja con aquel kimono blanco. 

—¿Ha pasado algo grave aquí? ¿Ha ocurrido algo? —pero George medio se encogió de hombros e hizo una mueca. 

—Claro que no, Madame. Sólo algo sin importancia.

Y volvió a levantar el mechón de pelo. Pero no, a ella no la engañaban. Eso era. Algo terrible había ocurrido. El silencio..., de verdad, el silencio parecía llegar flotando a la deriva como copos de nieve. Tiritó. Hacía frío en la pequeña cabina, todo estaba frío y reluciente. De alguna forma los grifos de ní- quel, los chorros y los atomizadores resultaban casi malignos. El viento hacía crujir la moldura de la ventana; un trozo de metal dio un golpetazo y el chico siguió cambiando las tenacillas e inclinándose sobre ellas. Dios, qué espeluznante era la Vida, pensó Mónica. Qué aterradora. Es la soledad que es tan atroz. Damos tumbos como las hojas y nadie sabe, a nadie le importa, dónde caemos, en qué río negro desaparecemos flotando. La sensación de vuelco pareció subírsele a la garganta. Dolía, dolía; sintió ganas de llorar. 

—Así está bien — susurró—. Dame las horquillas. Con él de pie a su lado, tan entregado, tan callado, ella poco menos que dejó caer los brazos y sollozó. No podía aguantar más. Como una efigie el joven homosexual George deslizándose, escurriéndose, cogía el billete y le traía de vuelta el cambio. Ella lo estrujó dentro del bolso. ¿Adónde iba ahora? 

George cogió un cepillo. 

—Tiene algo de polvo en el abrigo —murmuró. Lo cepilló. Y entonces, de repente, se irguió y, mirando a Mónica, hizo una onda extraña con el cepillo y dijo: 

—La verdad es, Madame, ya que es usted cliente fija, ..., esta mañana ha muerto mi pequeña. Mi primera niña —y entonces la cara blanca se le apergaminó y le dio la espalda y se puso a cepillar el kimono blanco. 

—Dios mío, Dios mío —Mónica empezó a llorar. Salió corriendo de la peluquería y se metió en el taxi. El chófer, con mirada furiosa, cerró el asiento de golpe y dio otro porrazo a la puerta. 

—¿Adónde? 

—Princes —dijo ella con un sollozo. Y en todo el camino hasta allí lo único que vio fue una muñeca de cera diminuta con el pelo de plumón dorado, yaciendo apacible con las manitas y los piececitos cruzados. Y entonces, justo antes de llegar a Princes, vio una floristería abarrotada de flores blancas. Cielos, qué magnífica idea. Lirio de los valles, y pensamientos blancos, dos de violetas blancas y cinta de terciopelo blanco. ... De una amiga anónima. ... De alguien que comprende. ... Para una Pequeña. ... Dio unas palmadas contra el cristal, pero el chófer no la oyó. Aunque, qué más da, ya estaban en Princes.

 

 

 

Este relato fue tomado de los Relatos breves de Katherine Mansfield, publicado por cortesía de Ediciones Cátedra, con selección y traducción de Juani Guerra en la colección Letras Universales.

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