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Así arranca la nueva novela de Muriel Spark

La abadesa de Crewe

Así arranca la nueva novela de Muriel Spark

Por Muriel Spark. Traducción de Lucrecia M. de Sáenz.

 

 

 

 

—¿Qué tiene de malo, hermana Winifrede, el método tradicional del ojo de la cerradura? —dice la abadesa, dirigiendo la voz clara y fuerte al aire que la recibe.

La hermana Winifrede responde, con la voz lastimera de la perplejidad, la voz de los muy estúpidos, de un cerebro donde nunca sale el sol:

—Pero, madre abadesa, lo discutimos desde el principio...

—Silencio —advierte la abadesa—. Ahora guardemos silencio y meditemos.

Contempla los altos álamos de la avenida por donde caminan, como si los árboles estuvieran escuchando. Avanzada la tarde otoñal, los álamos arrojan sus sombras, que se alargan en el sendero formando una hilera inmóvil y regular, como una congregación de monjas postradas de la antigua orden. La abadesa de Crewe yergue su talla esbelta —ella misma un álamo de Lombardía que se desplaza junto a la hermana Winifrede—, posa los ojos pálidos sobre el camino cubierto de grava, que los cuatro zapatos pisan, pisan y pisan, dos a la par, hasta que llegan al final de este corredor de meditación flanqueado por la policía secreta de los álamos.

Al salir al claro, ya en el prado abierto, dos hombres con el uniforme oscuro de la policía pasan junto a ellas, con dos perros alsacianos que tiran de sus cortas correas. Los hombres miran al frente, mientras las monjas pasan al lado con idéntica indiferencia.

Al cabo de unos instantes, allí, en el parque despejado, la abadesa vuelve a hablar. Su rostro de cutis pálido, propio de una cabeza inglesa, se ve hermoso enmarcado por la blanca toca de monja. Ella, en sí misma, tiene cuarenta y dos años, pero la preceden catorce generaciones de pálidos antepasados que rigieron Inglaterra, y otras diez que la antecedieron en Francia, todo ello esculpido en los huesos de esa cabeza estupenda.

—Hermana Winifrede —dice ahora—, todo lo que se habla en el sendero de la meditación queda registrado. Se le ha dicho esto varias veces. ¿No aprenderá nunca?

La hermana Winifrede se detiene y trata de pensar. Se acaricia el hábito negro y aprieta las cuentas del rosario que le cuelga del cinturón. Por una coincidencia extraña es tan alta como la abadesa, pero nunca será campanario ni torre, sino una matrona inglesa, a pesar de la toca y los votos y de la gran castidad carnal que llena sus días. Se detiene allí en el césped; Winifrede, tierra del sol de medianoche, mira a la abadesa y, a poco, ese atisbo de sol, el disco de luz con su aurora, se abren paso milagrosamente en su cabeza.

—¿Quiere decir, madre abadesa, que han colocado micrófonos en los álamos?

—Los árboles tienen, desde luego, micrófonos —dice la abadesa—. ¿De qué otro modo podemos actuar, ahora que arrecia el escándalo fuera de los muros? Y ahora que lo sabe es, por así decirlo, como si no lo supiera. Tenemos que velar por nuestra seguridad y yo sola soy quien decide en qué consiste, según la Regla de San Benedicto. Soy su conciencia y su autoridad. Usted cumple mi voluntad y la lleva a cabo.

—Pero somos algo más que simples benedictinas, creo... ¿no? —objeta la hermana Winifrede con ciega ingenuidad—. Los jesuitas...

—Hermana Winifrede —dice la abadesa con su tono de orgullosa calma—, hay un escándalo y usted está metida en él hasta las orejas, le guste o no. La Antigua Regla es aplicable cuando yo lo digo. Los jesuitas están con los jesuitas cuando yo afirmo que es así.

Suena la campana de una capilla que hay frente a ellas. Son las seis de la apacible tarde de otoño.

—Entramos para las vísperas, le guste a usted o no.

—Me encanta el oficio de las vísperas. Me encantan todas las horas del Santo Oficio —dice Winifrede con la voz impulsiva e indignada de cualquier cristiano, quejumbroso sonsonete de quien no entiende nada. Las religiosas caminan, altas y majestuosas, pero la abadesa como una torre de marfil, y Winifrede como una anfitriona generosa, o la mujer de un hombre de negocios que, además, jugaría bien al tenis los fines de semana, si tuviera la oportunidad.

—La capilla no tiene micrófonos —comenta la madre abadesa mientras caminan—, y los confesionarios jamás. Por extraño que parezca consideré acertado omitir estos dispositivos en los confesionarios, de momento al menos.

La madre abadesa viste de blanco y Winifrede de negro. Las demás hermanas, con sus hábitos negros, las siguen dentro de la capilla en dos filas, y comienza el oficio de vísperas. La abadesa ocupa su lugar prominente en el coro, blanca entre las negras. Dos veces por día se cambia el hábito. ¡Qué tarea complicada es su convento! ¡Qué distante está su novedad de todas las ortodoxias del pasado, qué alejado, con sus antiguos resabios, de las del presente! “Es la única manera —dijo una vez Alexandra, la noble madre abadesa—, de tener siempre a mano una respuesta para cualquier crítica adversa”.

En cuanto a los jesuitas, no existe una orden de mujeres. No existe nada escrito que evidencie el poderoso pacto entre la abadía de Crewe y la jerarquía jesuita, ese pacto que abarca todo y es tan provechoso. ¿Cuántos jesuitas están enterados de él, además de unos pocos?

En cuanto a los benedictinos, la abadesa sigue tan de cerca y con tanta insistencia la rigidez de la Antigua Regla, y tanto insiste en su cumplimiento, que los benedictinos propiamente dichos han visto estupefactos, monjes al igual que monjas, cómo la madre abadesa pasa por alto las últimas reformas, rige su casa religiosa como si nunca hubiera tenido lugar el Concilio Vaticano. A la vez, no obstante, se maravillan de que una dama tan piadosa y tan benedictina haya llevado a su convento, regido por la más estricta orden de clausura, a un escándalo que ocupa a la prensa internacional. ¿Cómo pudo estallar un escándalo, sin el más leve indicio de la causa tradicional —la incorrección sexual— sino, por el contrario, a partir únicamente del extravío o, a lo sumo, del robo del dedal de plata de la hermana Felicity? ¿Cómo terminará todo esto?

 

 

 

 

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