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Biblioteca imaginaria

Por Hernán Ronsino

"Eduardo Halfon viene construyendo, desde hace más de una década, una de las obras más singulares y potentes de la literatura latinoamericana actual". Acaba de aparecer la edición argentina de Biblioteca bizarra (Godot) y el autor de Glaxo nos deja esta reseña.

Por Hernán Ronsino.

 

Eduardo Halfon viene construyendo, desde hace más de una década, una de las obras más singulares y potentes de la literatura latinoamericana actual. Acaba de aparecer la edición argentina de Biblioteca bizarra (Godot) donde podemos rastrear muchos de los grandes núcleos temáticos que aparecen en sus libros.

Los libros de Halfon, que tienen a un Eduardo Halfon de narrador y protagonista, trabajan sobre un territorio de la memoria. El género no define ni condiciona, finalmente, la continuidad temática. Pueden ser relatos (como en El boxeador polaco o en Signor Hoffman) o novelas (como Monasterio o Duelo) pero el hilo narrativo, los personajes, y la búsqueda se mantiene.

En la escritura de Halfon, entonces, más que un territorio geográfico lo que se explora es el espacio de una biografía o, mejor, el de una memoria familiar. Hay hitos, huellas, marcas (como el número que su abuelo polaco lleva tatuado en el brazo: se trata del número de teléfono de su casa, le dice el abuelo polaco a su nieto para ocultarle que, en verdad, es su número del campo de concentración); marcas que reaparecen, desplazadas, una y otra vez, como un eco incesante que producen un abismo de lectura. La sensación de haber escuchado o leído eso ya, ese pequeño desfasaje que produce la repetición en un contexto distinto, en otro libro, en otra historia, provoca un efecto de remoción. Ese, se podría decir, es uno de los grandes efectos de la escritura de Halfon: trabajar con el detalle, con la huella en el cuerpo sobre la base de una repetición diferida para remover el pasado; para, al removerlo, abrazarlo en un nuevo sentido.

Biblioteca bizarra contiene una serie de notas, artículos, visitas a ciudades, lugares (Bogotá, Saint-Nazare, Nebraska) en donde Halfon piensa, en este caso, a la figura del escritor. El escritor, Halfon como escritor, en su vínculo con el mundo, con los otros, con la lectura; el escritor como padre; el escritor con sus lectores; el escritor como traductor. Por ejemplo, en una visita que hace a una biblioteca pública en Bogotá, donde dialoga con gente que vive en la calle (hay una foto que documenta el encuentro; hay también en el libro otra foto de la mano recién nacida de su hijo; la foto como documento que complementa la huella de la escritura), allí Halfon dice que una cosa es “escribir y otra cosa es ser escritor”. Una cosa es hablar constantemente de lo que uno ha escrito y otra cosa es estar en la búsqueda de la escritura; en lo que está, de algún modo, por venir. La máscara de la figura pública que atrapa al autor o el deseo de escritura como pulsión vital (“escribir está mucho más cercano a la música, a respirar”), como forma de verdad.

Pero también para Halfon, en ese camino hacia la verdad, en el trabajo con la escritura hay otra máscara en acción, otra forma de impostura. “Hacer literatura es el arte de manipular el recuerdo”, dice. Borrar la frontera entre el recuerdo y el olvido para que en esa fisura surja la ficción y vislumbrar, así, un mundo, de la misma manera que vislumbra el futuro en los ojos de su hijo por nacer.

Tal vez donde se vea, de un modo más claro, esa máquina literaria en movimiento sea en los pequeños fragmentos que componen el primer texto que lleva el mismo título del libro y que podría funcionar en la huella de Vidas imaginarias: la narración se mueve sobre un recuerdo, sobre un episodio concreto en torno a bibliotecas específicas. Una biblioteca felina a partir de una cita de Bradbury; una biblioteca de usados para llegar a  Bolaño y a Di Benedetto; una biblioteca en llamas para recordar una hoguera de libros en Lódz en 1939; o la biblioteca mojada del doctor Sancha, que lee vorazmente y luego regala los libros.

Es en esa frontera borrada, entonces, entre el recuerdo y el olvido donde se dispara la escritura; es ahí donde comienza el mundo narrativo de Eduardo Halfon.

 

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