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Editorial

La refundación del género negro argentino

Por Gabriela Cabezón Cámara

"Mariana Komiseroff hace dos cosas: una novela con la fuerza de un bulldozer, te pasa por encima cuando la leés y no te suelta hasta el final y, si se me permite, algo que me parece cabe anunciar como una regeneración, una especie de renacimiento del género negro argentino". El texto de presentación de Una nena muy blanca (Emecé).

Por Gabriela Cabezón Cámara.

 

“La única que saca la mugre de la casa soy yo, muevansén, no pueden tener a toda la familia buscando las cosas que pierden, a esta hora ya me tengo que ir a trabajar, y se quedan ahí en la cama, ni un repiro me dan, laputaquelasparió” va a decir la voz de la madre que fue la que, una par de páginas antes, abrió la novela contando un milagro: una de las dos laputaquelasparió, la Ely, sobrevivió al impacto de una viga en la cabeza a los tres años. Ese es, tal vez, el momento de mayor relieve de la voz materna que nombrando a las dos hermanas como si fueran una y puteando sin comas, sin puntos y sin mayúsculas, se nos aparece tan plana como puede aparecerse la voz pesadillesca de una madre, de casi cualquier madre, para una adolescente díscola y una joven muy joven que quiere irse de esa casa y de esa vida de pobre pero que, por el momento, solo puede bajarle el volumen a la madre cuya voz plana y filosa como el disco de una amoladora de todos modos va a quemarle la cabeza a la narradora y a les lectores también, esa voz que persigue, putea y reprocha aplastada ella misma por el magma mismo que aplasta, ¿aplastará para siempre?, a las hermanas: carencias varias, falta de casi cualquier posibilidad que no sea la precariedad y un sistema de jerarquías sutiles al interior mismo de la masa de oprimidos que van desde el machismo más feroz pasando por el más más light hasta las pequeñas diferencias de jerarquía entre los empleos de cada uno.

Esta novela es, principalmente, esas dos voces, la madre, hay que escribir una voz así, una grosa la Komiseroff, y la hija narradora. Desde esas voces conocemos a los otros personajes: la niña del milagro ya adolescente, otra hermana que no se sabe dónde se metió ni qué hizo de su vida, un padre, Gómez, muerto ya, y una tragedia del orden de lo íntimo, política, claro, como todas, pero puertas adentro, una de esas tragedias que una familia puede soslayar a fuerza de silencio y de enunciaciones equívocas y puteadas. Y cuando digo tragedia lo digo también con su peso griego, mítico; se asocia esta Una nena muy blanca con la materia y la fuerza de lo mítico. Pero pasa acá nomás, en nuestra lengua y con la potencia del talento de Mariana, en algún rincón del Conurbano pobre pero no de los más pobres de todos —movilidad social sigue habiendo en el país, sólo que ahora es casi toda para abajo— y se desata, o más bien se desanda en el sentido de de que se les revela a las hermanas, a partir de un accidente mínimo: “La Ely perdió el documento”. Las hermanas van a vivir casi sin refugio, lijadas por todos lados, adentro y afuera de casa, van a padecer a un buen par de imbéciles sin las herramientas que nos dio el feminismo, quiero decir solas y sin conciencia política porque la novela narra un momento  histórico cercano pero anterior a la popularización del feminismo. Y cercanísimo en cuanto a la precarización del trabajo.

Con estos elementos, Mariana Komiseroff hace dos cosas: una novela con la fuerza de un bulldozer, te pasa por encima cuando la leés y no te suelta hasta el final y, si se me permite, algo que me parece cabe anunciar como una regeneración, una especie de renacimiento del género negro argentino: lo dota de fuerza trágica desde lo más pequeño, desde la intimidad de tres mujeres en un casita pobre, desde el extravío de un documento, desde la caída, vertical, naturalmente, de una viga, que, ya se sabe, no es cualquier madera de una casa. Lo que casi la mata es una de las maderas que sostienen la casa. Una viga de la familia tal como nos fue dada a casi todes, con sus jerarquías tradicionales. Por esto, porque Mariana puede hacer cosas como esta sin ser nunca alegórica y con una prosa que brilla, me animo a decir que está refundando el género negro argentino y que este es el año de esta regeneración por esta novela y por otra que va a salir pronto, Cometierra, también escrita por una mujer, Dolores Reyes.

Una nena muy blanca es potente, llena de talento y de un lirismo abrasivo más allá de cualquier género, por eso puede realizar la refundación de uno.

 

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