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Tres poemas de Ariel, la gran obra de Sylvia Plath

Poesía estadounidense

Un libro que resume todas las virtudes del estilo de Plath, su intensidad expresiva y metafórica tan fuera de lo común, pero también llena de dolor y extrema delicadeza. Zindo & Gafuri entrega una edición que incluye poemas que su marido, Ted Hughes, decidió descartar en la primera edición. 

Traducciones de María Cecilia Perna.

   

Publicado póstumamente en 1965, Ariel fue editado por su marido, el poeta Ted Hughes, quien modificó el manuscrito original descartando varios poemas e incluyendo otros que Plath había escrito en las semanas que precedieron a su muerte. Esa edición fue señalada como una de las cumbres de la literatura en lengua inglesa del siglo xx, con poemas tan célebres y comentados como “Papi”, “Lady Lázaro” o “Ariel”.

Sin dudas, se trata de un libro que resume todas las virtudes del estilo de Plath, su intensidad expresiva y metafórica tan fuera de lo común, pero también llena de dolor y extrema delicadeza.

La edición de Zindo & Gafuri está basada en la versión de 1966, e incluye en un Apéndice los 12 poemas de la primera edición que Hughes decidió descartar, y que fue motivo de álgidas controversias. 

       

Oveja en la Niebla

 

Las colinas bajan hacia la blancura.

Gente o estrellas

Me aprecian con tristeza, yo los decepciono.

 

El tren deja una línea de respiros.

Oh lento

Caballo color del óxido,

 

Cascos, dolorosas campanas—

Toda la mañana la

Mañana ha estado ennegreciendo,

 

Una flor suelta ahí.

Mis huesos sostienen un silencio, los campos

Lejanos derriten mi corazón.

 

Amenazan

Con dejarme lista para un cielo

Sin estrellas y sin padre, un agua negra.

       

Lady Lázaro

 

Lo hice de vuelta.

Un año cada diez

Me las arreglo—

 

Una suerte de milagro andando, mi piel

Luminosa como pantalla Nazi,

Mi pie derecho

 

Un pisapapeles,

Mi cara sin rasgos, suave

Lino judío.

 

Arranca el paño

Oh mi enemigo.

¿Doy terror?—

 

¿La nariz, los huecos del ojo, la fila completa de los dientes?

El aliento agrio

Se desvanece en un día.

 

Pronto, pronto la carne

Por la grave cueva comida estará

En casa en mí

 

Y yo mujer sonriente.

Yo tengo sólo treinta.

Y como el gato nueve veces para morir.

 

Esta es la Número Tres.

Qué basura

A aniquilar cada década.

 

Qué millón de filamentos.

La multitud masca nueces

Y empuja para ver

 

Que me descubren mano y pie—

El gran strip tease.

Caballeros, damas,

 

Estas son mis manos,

Mis rodillas.

Puedo ser piel y hueso,

 

Sin embargo, soy la misma, idéntica mujer.

La primera vez que pasó tenía diez.

Fue un accidente.

 

La segunda vez quise 

Hacerlo durar y no volver por nada.

Me mecía cerrada

 

Como una ostra.

Ellos tuvieron que llamar y llamar

Y quitarme los gusanos como perlas pegajosas.

 

Morir

es un arte, como todo lo demás.

Yo lo hago excepcionalmente bien.

 

Lo hago y así se siente como el diablo.

Lo hago y así se siente real.

Creo que dirías que a eso fui llamada.

 

Es bastante fácil hacerlo en una celda.

Es bastante fácil hacerlo y seguir ahí.

Es el teatral

 

Regreso a pleno día

Al mismo lugar, la misma cara, el mismo bruto

Grito divertido:

 

“¡Un milagro!”

Que me noquea.

Hay un precio

 

Para avistar mis cicatrices, hay un precio

Para escuchar mi corazón—

De veras anda.

 

Y hay un precio, un precio muy alto,

Por una palabra o un roce

O un poco de sangre

 

O un pedazo de mi pelo o mi ropa.

Eso, eso, Herr Doktor.

Eso, Herr Enemigo.

 

Yo soy su opus,

Yo soy su valiosa,

La bebé de oro puro

 

Que se funde en un grito.

Yo me retuerzo y quemo.

No piense que subestimo su gran preocupación.

 

Ceniza, ceniza—

Atiza y mezcla.

Carne, hueso, hay nada ahí—

 

Un pan de jabón.

Un anillo de bodas,

Un empaste de oro.

 

Herr Dios, Herr Lucifer,

Cuidado

Cuidado.

 

Fuera de la ceniza

Me levanto con mi pelo rojo

Y me como a los hombres como aire.

   

   

Danzas de la noche

 

Una sonrisa cayó en la hierba.

¡Irremediable!

 

Y cómo van tus danzas de la noche

A perderse sobre sí. ¿En matemáticas?

 

Saltos y espirales tan puros—

Seguramente viajan

 

Por el mundo para siempre, no debería del todo

Sentarme vacía de bellezas, el regalo

 

De tu pequeña respiración, la hierba mojada

Huele a tu sueño, lirios, lirios.

 

Su carne no guarda relación.

Fríos pliegos de ego, la cala,

 

Y el tigre, embelesados de sí—

Manchas, y una diáspora de pétalos calientes. 

 

Los cometas

Tienen tanto espacio que cruzar,

 

Tanta frialdad, desmemoria.

Así se descascaran tus gestos—

 

Tibio y humano, luego su luz rosa

Sangrando y pelándose

 

A través de las negras amnesias del Cielo.

Por qué me son entregadas

 

Estas lámparas, estos planetas

Que caen como bendiciones, como copos

 

De seis lados, blancos

En mis ojos, mis labios, mi pelo

 

Al tacto se derriten.

No hay adónde.

     

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