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Una lista recomendada de novelas largas para leer en vacaciones

Sugerencias de grandes lectores

Nada de las historias les es ajeno, y por eso los invitamos a recomendar lecturas para este verano. Son destacados ilustradores, dramaturgos, libreros, editores de revistas literarias, escritores y escritoras: Vera Giaconi, Ariel Farace, Raquel Cané, Alejandra Correa, Hernán Lucas y Guillermo Saavedra. ¿Ya leíste lo que te dejaron sugerido?

Por Valeria Tentoni.

 

Nada de las historias les es ajeno, y por eso los invitamos a recomendar lecturas para este verano: son destacados ilustradores, dramaturgos, libreros, editores de revistas literarias, escritores y escritoras. Son, sobre todo, grandes lectores y lectoras. 

Les propusimos centrarse en lecturas de largo aliento, porque si no es en vacaciones, ¿cuándo encarar un gran tomo? Acá, un compilado de libros que, en el curso del año laboral, se la pasan en terreno pospuesto.

 

La poeta y gestora cultural nacida en Uruguay Alejandra Correa (autora de libros como El grito y Donde olvido mi nombre) recomendó, para comenzar, un plato fuerte: Canadá, de Richard Ford, cuya visita disfrutamos el año pasado en Buenos Aires.

"Las dos primeras líneas de esta novela del genial Richard Ford saben atraparte. Él sabe que, hoy por hoy, 500 páginas son una eternidad. Y entonces lanza al aire el boomerang: Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y después lo de los asesinatos, escribe. Leí Canadá hace varios años, pero cada verano me prometo releerlo. Será que donde hay niños a la deriva está mi casa. O será que Ford tiene la justa mirada en el detalle, la contenida prosa, la sensibilidad única que me lleva de las narices a ese mundo que linda con la sordidez pero se redime en la escritura. Ford se toma todo el tiempo del mundo para delinear a un personaje, pero no por eso el libro se hace moroso. Amo Canadá porque es un mundo pormenorizado de escenas, personajes y pasiones que te dejan aferrada a la trama y después, cuando llegás al final, los personajes te siguen habitando y vos seguís en esa atmósfera a través del tiempo. Sí, creo que este verano será el indicado para volver a leerlo".

 

Poeta, crítico literario, periodista cultural y editor, autor de libros como La curiosidad impertinente y Alrededor de una jaula (La marca editora), la recomendación del enorme lector Guillermo Saavedra es un tiro al centro, difícil de desoír: 

"No lo dudo ni por un instante: Mason y Dixon de Thomas Pynchon se lleva todos mis votos posibles. La novela narra las aventuras de dos astrónomos ingleses contratados en 1763 por dos poderosos norteamericanos, los señores Penn y Baltimore, para trazar el límite entre los estados (entonces colonias) de Pennsylvania y Maryland. Entre sus muchas virtudes, hay que destacar la de haber urdido una historia que instala al lector en el corazón del siglo XVIII sin perder un gramo de actualidad; también, que haya sabido desplegar, a través de sus casi mil páginas, el complejo arsenal de preocupaciones estéticas e ideológicas que atraviesa toda la obra del escritor y, no obstante, entretener al lector hasta el borde de la fascinación.

Mason y Dixon es una de esas novelas que dejan una huella definitiva; uno de esos libros que, más que leerse, se recorren como un paisaje desconocido que uno no querría abandonar jamás. Plagada de gags inolvidables, digresiones y diálogos magistrales y una fruición por la desmesura, se abandona menos al caos paranoico de otras obras de Pynchon y parece estar iluminada por una fuerza que es, quizá, la única forma de la verdad que el escritor podría suscribir: sólo la novela puede cobijar hoy todos los monstruos engendrados por el extenso sueño de la razón".

 

Autora de libros como Seres queridos (Anagrama) y Carne viva, Vera Giaconi, fue con una apuesta multiplicada: en su caso una saga, la del novelista británico Patrick O'Brian y Capitán de mar y guerra:

"Las vacaciones son un gran momento para comenzar a leer sagas. Si la magia se produce con el primer título, no habrá luego estrés o distracciones que nos aparten de la búsqueda y lectura de los tomos que le sigan. Para mí, hace ya unos cuantos años, la magia se produjo con Capitán de mar y guerra de Patrick O'Brian, el primero de una saga de veinte (sí, veinte) títulos donde se narra la vida en la Armada Naval inglesa durante la guerras napoleónicas y la frondosa amistad entre Jack Aubrey (un capitán que es un virtuoso en el mar, al frente de sus navíos y corbetas, pero un imberbe cuando pone un pie en tierra y debe lidiar con su familia y la política de escritorio) y Stephen Maturin (un naturalista y cirujano que además trabaja como espía para deshacer los planes de Napoleón Bonaparte y que a bordo sólo es útil cuando alguien sale herido en batalla, pero que anhela cada desembarco para recolectar ejemplares de especies de desconocidas y tejer las redes de aliados en su cruzada política internacional). El estilo, la inteligencia y la destreza con que O'Brian va armando este mundo de hombres que pasan años embarcados, de batallas a mar abierto, de tormentas feroces y de una amistad que se profundiza y se pone a prueba en cada libro, es algo único. Después de pasar treinta páginas completamente atrapada por el relato de una batalla supuestamente feroz pero donde básicamente cada nave puede disparar una bala de cañón cada veinte minutos, me rendí a sus pies. Además de increíblemente bien escritas y divertidas, es interesante leer estas historias hoy y ver cómo se construye una trama a partir de conceptos que pueden sonar antiguos o superados pero que en realidad siguen determinando casi todas nuestras relaciones y que aún hace falta seguir revisando, como honor, disciplina, dinero, lealtad, compromiso, superstición, patria, liderazgo, respeto, amor, instinto, poder, política, justicia y familia.

En estos años, leí diecinueve de la saga, el número veinte (y sin duda el último, O'Brian murió en el año 2000) ni siquiera lo compré, no lo quiero, y no me van a convencer de leerlo. Creo que nunca voy a estar lista para despedirme de Aubrey y Maturin, para cerrar ese último libro y sentir que ya no les queda una aventura pendiente".

 

Raquel Cané es diseñadora gráfica e ilustradora, además de autora de títulos como El libro del miedo, Sopa, Soy, Calesita, o de Cartas a H. y El aprendizaje (Liliputienses). Además es hacedora de las bellas imágenes de Ana y la gaviota (Pípala) y de las de Sinsentidos comunes, con textos de Ezequiel Zaidenwerg (Bajo la luna). En su caso, la recomendación fue clásica y preciosa: Gran Sertón: Veredas, de Joáo Guimaraes Rosa.

"La travesía de Riobaldo respira en el flujo del lenguaje, lenguaje que por momentos parece elevarse, como un pájaro hila en el aire el ropaje de un Ulises, pero vuelve a ser sanguíneo y masculla entre el follaje, buscando sombra. La épica se debate entre el bien y el mal, aunque el diablo no se nombre o se intente no hacerlo. El hombre es su paisaje, o el paisaje es el hombre. Ambos se mueven, ambos buscan, obsesivamente. La travesía traza huellas en superficies reales, cruza la memoria de violentas andanzas. Pero así como el verde abre un blanco en la espesura, así cala la palabra hacia dentro, y mientras avanzamos en las proezas más hondo es el rezo de este viejo. Una larguísima canción disfrazada de monólogo".  

 

Ariel Farace escribe y dirige teatro, es el autor de obras como Constanza muere y Luisa se estrella contra su casa, y además parte del proyecto editorial Libros Drama. A él también le pedimos que recomiende algunas lecturas de largo aliento para el calor: 

"Recuerdo que un fin de año en Uruguay leí El pasado, el novelón de Alan Pauls. Otro verano leí El común olvido de Sylvia Molloy. Esas lecturas –extensas y personales, sí, tanto como fluidas- acompañaron bien esos -¡tan breves!- días hechos de impostado descanso, proyecciones y voluntad hedonista que llamamos vacaciones. Leerlos cambia para siempre la percepción sobre Buenos Aires. Y pensando en ciudades, hoy recordé una novela entrañable y leve que difícilmente defraude y les recomiendo: Paris no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas. Su retrato de Marguerite Duras es entrañable. Algo que comparten estas novelas es el diálogo con otras escrituras, la invitación a leer otros libros, a quedarse un día más, a extender la lectura y la vacación. Esto si ya leyeron Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, claro".

 

Librero en Aquilea, Hernán Lucas es además autor de los libros Un tapado arena, Prosa del cedido por el oro, Aquilea. Crónicas de una librería y Una película vuelve a casa. Su devoción por Juan José Saer se trasluce en esta recomendación ferviente:

"Leí la novela Glosa, de Saer, hace muchos años, un verano en Uruguay. Hacía tanto calor que las casas se incendiaban solas. Tengo recuerdos débiles, pero es muy nítida la impresión que me causó. No podía parar de leerla. Ibamos a un bosquecito con mi novia, y ahí nos quedábamos. El calor no amainaba ni a la orilla del mar. Glosa cuenta el recorrido que hace Leto, el protagonista, a lo largo de unas pocas cuadras, en compañía de un amigo. Ninguno de los dos personajes ha asistido a cierta fiesta, pero ambos saben de ella y, a lo largo de su caminata, intentan reconstruirla. Recuerdo que en esa fiesta se comien unos pescados a la parrilla llamados moncholos envueltos en hojas de diarios empapadas en aceite. También recuerdo que hay una violación. El homenajeado, Washington Noriega, es una especie de filósofo. En un momento de la novela postula el libre albedrío de los mosquitos, por ejemplo.

Supe que Saer se inspiró en El Banquete de Platón para escribir Glosa. Lo cierto es que la novela también va al futuro: a lo que le espera a Leto, mejor dicho a lo que la Historia le tiene preparado. El último párrafo de la novela me dejó totalmente conmocionado. Es una especie de concentrado de Glosa: una escritura barroca, una sintaxis que narra, de un magnetismo total. Me siento tentado de transcribirlo ahora, pero le temo a la represalia de los caza spoilers, como si la literatura fuese un asunto de qué y no de cómo, cuando sabemos muy bien que es exactamente al revés. Y si no me creen, lean Glosa".

 

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