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¿Culpable o inocente?: Emma Zunz

Por Walter Sosa Escudero

Uno de los textos de Borges, big data y yo, guía nerd (y un poco rea) para perderse en el laberinto borgeano (Siglo XXI).

Por Walter Sosa Escudero.

 

 

Emma Zunz toma la carta y la guarda en un cajón, “como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería”. Emma Zunz es el personaje central (y también el título) de un terrible cuento de Borges, cuyas imágenes dramáticas dejan a Criminal Minds (la extrema y poco sutil serie televisiva) a la altura de Barney y sus amigos; pocas veces nuestro autor fue tan lejos. Las piezas de esta dramática trama nos acompañarán en un pequeño recorrido por el ring donde los hechos y los datos luchan con las teorías, ahí donde la estadística opina y a veces manda. Ahí vamos.

“Me hirve la cabeza” era el latiguillo de Palmiro Caballasca, uno de los personajes centrales de la serie televisiva Señorita Maestra que, allá por los tempranos ochenta, trataba sobre las peripecias de una maestra de grado y sus revoltosos alumnos. Palmiro era el estereotipo del gordito bonachón pero poco agraciado con las prácticas académicas y sociales, tal como su apellido parece susurrar… a los gritos pelados. El contraste era provisto por el personaje de Etelvina Baldasarre, aplicada, fina, engreída, rica y caprichosa.

Los que nos dedicamos a la docencia sabemos que es fácil detectar quién se copia en los exámenes. Porque el punto es no solo copiarse sino también que no se note, lo cual requiere algún esfuerzo intelectual. En un extraño (o no tanto) equilibrio social, el que sabría cómo copiarse también sabe cómo estudiar, y por lo general elige lo segundo, ya que copiarse y ser detectado tiene un costo muy alto. Consecuentemente, el que se copia nos hace el inmenso favor de hacerlo mal, de modo que suelen existir solo dos grupos de alumnos: los que no se copian y los que se copian y además se ponen en evidencia. Alumnos, créanme: es muy raro que alguien se copie bien. El que se copia no puede evitar poner cara de “me estoy copiando” y además lo refleja en el examen. Ergo, si Palmiro Caballasca se copiase de Etelvina, encontraríamos en un examen de historia una frase como “este pibe San Martín agarró y cruzó los Andes al toque” seguida de “dando así nacimiento a la Sudamérica virtuosa y soberana acorde a los vientos de emancipación del período bajo escrutinio”.

El trabajo del docente es “ir del chorizo al chancho”, con perdón de Caballasca. La idea es que el copión escribe mal y el aplicado bien, de modo que lo que delataría al pobre Palmiro es la inconsistencia entre lo que escribe y lo que esperamos que escriba. El copión va “del chancho al chorizo”: quiere copiarse y escribe en consecuencia, como le sale, como puede, mientras que el maestro recorre el recorrido inverso: analizando la escritura intenta sospechar al copión.

Este tipo de razonamiento es el pan y la manteca de la estadística inferencial. ¿Qué? La estadística inferencial es una rama importantísima de la estadística (tal vez la más importante) que intenta ver más allá de los datos. Es decir, toma los datos como evidencia a fines de validar o refutar una conjetura. Desde este punto de vista, los datos no son un fin, sino un medio. La conjetura en cuestión es “Palmiro no se copió” versus “Palmiro se copió”. La jerga sofisticada diría que la primera es la “hipótesis nula” y la segunda la “hipótesis alternativa” (de paso, una recomendación: suelten esta terminología en un cóctel, intenten no sonreír y avanzarán varios casilleros en sus ámbitos sociales).

El ejercicio intelectual de adosarles a los datos su historia más compatible tiene un nombre sofisticado en estadística: “máxima verosimilitud”. Una práctica habitual de la mala docencia es abusar de los tecnicismos a fines de hacerles creer a los estudiantes que están lidiando con algo serio, como quien llama “lonja de res con cobertura de pan astillado, ovulo de ave y sazón” a una milanesa. Antes que “máxima verosimilitud”, prefiero “máxima compatibilidad”. En el ejemplo de Palmiro, los datos (la forma en la que el propio Palmiro escribe en el examen bajo sospecha) son más compatibles con haberse copiado de Etelvina que con su forma habitual de escribir. Es decir, la historia que dice que Palmiro se copió es más compatible con lo observado que su historia contrincante. Si usamos la jerga, la historia de la copia es “más verosímil”, es decir, más compatible con los datos. Obviamente que puede fallar, como un test de embarazo, o como la justicia. Precisamente el rol de la estadística es asistir en la decisión bajo incertidumbre. Fácil sería la cuestión si tuviésemos una filmación del desarrollo del examen, que quizás muestre a Palmiro dirigir su mirada furtiva a la hoja de Etelvina, o tal vez no muestre nada, haciéndonos hocicar en favor de una linda historia en la que Caballasca logra rescatar de su memoria el esfuerzo inusual que hizo en la semana para torcer el curso de su derrotero de mal alumno.

El elemento central de esta cuestión son los datos: lo que escribe Palmiro en el examen. Los datos son mensajeros pasivos de una historia. En nuestro caso, la famosa frase “no maten al mensajero” significa que nadie dudó un segundo de lo que escribió Palmiro; por el contrario, el razonamiento intentó navegar entre los datos (las respuestas al examen) y las conjeturas que los produjeron (Palmiro se copió / Palmiro estudió).

En la trágica historia de Emma Zunz, Borges juega con las fronteras difusas que separan a las historias de los hechos y su credibilidad. El estilo narrativo de “Emma Zunz” es complejo y no lineal, de modo que cualquier intento de resumirlo en algunas pocas líneas no le haría justicia a la riqueza del cuento pero tampoco lo “spoilearía” (como está de moda decir ahora en estos tiempos de Netflix), como quien resume las casi 700 páginas de Crimen y castigo de Dostoievski diciendo “un tipo mata a una vieja y después le da cosa”, como decía Alejandro Dolina. Entonces, sin perjudicar a Borges ni a quienes no lo han leído (no se lo pierdan, por favor), adoptaremos una estrategia cuasi policíaca para relatar brevemente los aspectos del cuento que son relevantes a nuestra cuestión.

Emma Zunz se entera de que su padre se ha suicidado, abrumado por el oprobio que le causó ir a prisión por un robo que no cometió. Emma sabe que el verdadero autor del robo fue Aaron Lowenthal, antiguo compañero de trabajo de su padre y su actual jefe. Enceguecida por la furia y el dolor, Emma trama un delicado y trágico plan para vengar a su padre. La tensión entre la venganza, el castigo, la justicia, lo legal y lo moral son ingredientes centrales del cuento de Borges. El plan y su ejecución son espeluznantes: Emma se hace pasar por una prostituta en un tugurio portuario para, literal y figuradamente, “hacerse violar” por un tosco marinero escandinavo; luego se dirige a la oficina de Lowenthal, lo mata de un tiro y “planta” la historia de que en realidad lo asesinó en defensa propia después de que Lowenthal la violase.

En términos de la discusión de datos y teorías, lo que Emma Zunz hace es provocar una serie de hechos que respalden una historia que le permite hacer justicia en homenaje a su padre y a la vez evitar ser castigada. Al revés del relato tonto de Palmiro Caballasca, Emma Zunz provoca los hechos (¡los datos!) para dotar de verosimilitud a una historia prefijada, como si el bueno de Caballasca se hubiese copiado para que lo pillen y así hacerse echar de la escuela, quizás su verdadero objetivo.

La historia de la joven que asesina a su violador en defensa propia (la más compatible con los hechos que “planta” Emma Zunz) es increíble (como dice explícitamente Borges) y fraudulenta, pero fiel a los sentimientos verdaderos de Emma. Al respecto, don Jorge Luis escribe en el escalofriante final del cuento: La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

“Emma Zunz” parte de una historia verdadera (la que conduce al suicidio de su padre y que guía su odio y su noción de la verdad y la justicia) y produce hechos tales que un observador externo (la policía, la justicia formal) infiera otra historia (la de su supuesta vejación que conduce a la muerte de Lowenthal) que, si bien apócrifa, tiene los mismos efectos que la que motiva el suicidio de su padre y su odio, pero que le permite hacer justicia sin culpa ni cargo. (Eso, en una época en que la medicina forense no contaba con tantas herramientas como hoy).

La estadística honesta “marida” (usando un espantoso neologismo) datos con historias verosímiles. Es John Snow, a quien conocimos en el capítulo anterior, mirando los casos del cólera para que estos le hablen de la hipótesis del agua o de la del aire. El comunicador tramposo usa los datos y la estadística para justificar cualquier cosa, como quien primero dispara una flecha y luego dibuja círculos concéntricos alrededor del punto donde quedó clavada, para enseguida decirles a sus amigos que dio en el blanco.

La estadística parte de los datos e intenta mediar entre ellos y las historias alternativas que se pueden contar a partir de esa base, intentando elegir la más compatible. A la pobre Emma Zunz le tocó la tarea inversa: partir de una historia verdadera y cruel (la de su pudor, la de su odio) y construir los datos que diesen credibilidad a una historia apócrifa pero “sustancialmente cierta” (como dice Borges) que le permite sentirse libre de culpa y cargo habiendo hecho justicia (¿venganza?) en nombre de su padre muerto.

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