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Diario de mis síntomas: una visita a Perec

Por Daniel Saldaña Paris

"¿Cómo dar cuenta de lo que pasa cada día y de lo que vuelve a pasar, de lo banal, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual?", se preguntaba Georges Perec en Lo infraordinario. Una antología de ensayos de la editorial mexicana Gris Tormenta buscó respuestas en distintos escritores, y aquí compartimos la del autor de El nervio principal

Por Daniel Saldaña París.

 

Pero, ¿dónde está nuestra vida? ¿Dónde está nuestro cuerpo? ¿Dónde está nuestro espacio?

Georges Perec

 

Día 1

Mi rodilla izquierda, desde hace tres días, se siente fuera de lugar de algún extraño modo. Empezó, si mal no recuerdo, el viernes por la noche, antes de dormirme. Estaba en la cama y percibí un dolor muy ligero en la articulación. No un dolor continuo, sino una especie de trabazón al estirar por completo la pierna, como si la rodilla pidiera otro ángulo para estar cómoda. Al día siguiente salí a caminar con Ana y lo sentí de nuevo: un bloqueo en la posición extendida de la rodilla; nada grave ni alarmante, nada que me impidiera caminar realmente. Mis síntomas son así: discretos. Se insinúan y van cobrando importancia, pero justo cuando estoy a punto de hacer algo (consultar un médico, autorrecetarme), desaparecen. Su coreografía es un juego de sutilezas, un entrar y salir de escena en un movimiento dúctil, ininterrumpido. Se relevan y suceden como en un minué elegante, manteniéndose siempre bajo la superficie de lo ordinario.

Pero el síntoma, dice Lacan, sólo existe en el discurso: sólo al articularse es síntoma, pues para el analista no hay vivencia de la vivencia, sino sólo del lenguaje. Le dije a Ana que mi rodilla izquierda estaba fuera de lugar, desplazada. Se rio, como siempre. De cualquier forma, accedió a caminar más despacio. Una cuadra más adelante algo se acomodó detrás de la rótula. Un chasquido mínimo y de pronto todo había vuelto a la normalidad. Por un tiempo, al menos. Esa misma noche la sensación regresó poco a poco, ya con la pierna en descanso. Estaba leyendo en la cama y la rodilla comenzó a distraerme. La flexionaba y estiraba sin darme cuenta, dándome cuenta a veces. La masajeaba sin fijarme. Mi atención, como antes la rodilla misma, comenzó a desplazarse, en este caso hacia adentro.

El síntoma reclama, aísla, obliga a la introspección; dibuja un mundo al interior del cuerpo: traza matices, una amplia gama de colores allí dentro. Cuando llega, sólo tengo ojos para mi síntoma —ojos para cerrarlos—. El dolor o la incomodidad se convierten en síntoma mientras les busco palabras: desplazar, punzante, hinchazón, ardores. Antes son sólo ese rumor de fondo, ese bramido oscuro, prelingüístico: mi cuerpo siendo él mismo. “Otra vez tengo la rodilla trabada”, le digo a Ana, mientras leemos. Ella se ríe.

 

 

Día 4

No se me escapa que mis síntomas son la expresión de una pulsión ególatra. Puedo incluso afirmar que por culpa de ellos no logro convertirme, como quisiera, en ciudadano. El cuerpo me reclama y la polis, afuera, se desvanece. El cuerpo se me convierte en la morada cuyas goteras contemplo con preocupación creciente cada tarde. Los signos que me ofrece —botones cerrados de flores que amenazan con ser carnívoras— no se dejan descifrar del todo. Me esmero en observarme, convencido de que más tarde o más temprano lograré dibujar el mapa —desde el centro hacia las esquinas— de esta colección de síntomas, poniéndole el alfiler del nombre a la molesta palomilla de mi enfermedad, que revolotea a mi alrededor impidiéndome pensar en cosas más urgentes.

Hoy es el turno de la mandíbula. Al igual que antes la rodilla, parece haber amanecido desplazada, pero no lo expreso así al principio. En cambio, le digo a Ana: “mi mordida se ha modificado”. La acostumbrada coincidencia de unos dientes con otros no es la misma. No hay dolor, realmente, sólo cierta torpeza: al masticar siento que no alcanzo a triturar el bolo con la eficacia de antes. Y sé que es un asunto estructural. Analizo mi rostro en el espejo, buscando la traducción visible de mi sensación: quizás me veo un poco más prognata, o menos simétrico —si tal cosa cabe—. Pero no hay nada: el espejo me devuelve la misma masa plástica de los últimos meses, que sólo la edad modifica paulatinamente, cincelando una arruga o añadiendo un volumen donde no lo había. Si acaso, pienso, hay un pequeño detalle en el ojo diestro. Una sección más roja alrededor del iris, en la parte de la esclera más próxima al lagrimal. ¿Estaba ahí ayer? Alguna vez leí que el repentino marcarse de los vasos sobre lo blanco del ojo puede indicar un microinfarto. Pero mi corazón leal, como diría López Velarde, se amerita en la sombra: esas venas del ojo, por sí solas, no me permiten inferir nada.

¿Por sí solas? ¿Qué tanto debo vincular un síntoma con otro? ¿Soy acaso el detective que, estableciendo una continuidad en los crímenes, descubre al asesino serial que nadie hasta entonces había sabido ver? ¿O soy más bien el paranoide que impone un orden a las más triviales coincidencias para inventar una conspiración imposible? La rodilla, la mandíbula, el ojo recorrido por ríos colorados… ¿son estrellas fugaces que por azar cruzan el cielo de mi conciencia, o planetas de un mismo sistema cuyo sol no advierto?

 

 

Día 6

Me sangran los dedos. Los pulgares. De las manos. Una cuarteadura en la piel, alrededor de la uña. Una grieta que se va haciendo más honda. La piel separada de sí, separada de lo que puede (Deleuze dixit). Al principio le quité peso al asunto achacándoselo al cruel invierno de este Norte que habito, la calefacción, la falta de hidratación cutánea. Pero el invierno ha pasado: afuera brilla el sol triunfante de la primavera. ¿Es la piel un síntoma?

Las venas del ojo parecen haber remitido. Una vez, hace años, no lo hicieron: el ojo se fue poniendo peor y en algún punto comenzó a dolerme el parpadeo. Fui al médico. “Es una escleritis. No sabemos por qué pasa”, fue todo el diagnóstico. Por esas mismas fechas sufría mucho de las articulaciones: se me inflamaba un hombro, por dentro, hasta que el dolor punzante se hacía intolerable. Me aplicaba hielos, calor, pomadas; me metía 800 gramos de Ibuprofeno, Indocid, Ketorolaco. Fui con un reumatólogo, con un traumatólogo, con un osteópata. “Es una bursitis. No sabemos por qué pasa”. Fui con un acupunturista, con una masajista, con un psiquiatra.

La masajista —chilena— puso música de la India, incienso. Me tumbó en su cama alta, para masajes. Me preguntó dónde me dolía, desde hacía cuánto. Se frotó las manos un rato, para calentar el aceite, mientras entonaba una especie de “Omm” que me hizo desconfiar un poco. Finalmente, puso sus manos tibias y aceitadas sobre mi espalda y, casi al instante, eructó. No fue un eructo discreto, sino descarado, asumido. “Perdón. A veces eructo durante las sesiones. Canalizo las malas energías de tu cuerpo y así las expulso”, explicó. Sus palmas recorrieron de nuevo la parte central de mi espalda, trazando círculos hacia los omoplatos. Eructó de nuevo. Fue un masaje de una hora y media y la mujer eructó sin pausa casi todo el tiempo. Eructos estridentes. Eructos que asustaban, guturales y tétricos. Una sinfonía entera de regüeldos. Al final me pidió que me visitera y me sugirió volver en una semana: “Hay mucho que trabajar todavía”. No volví nunca.

Pero antes de las articulaciones, antes de la escleritis y de la piel cuarteada y del intestino irritable y los masajes con eructos estuvo el asma infantil: horas en hospitales, con los labios medio azules, las ojeras, el Salbutamol en distintas presentaciones, la prohibición de tener libros, alfombra o cortinas en la recámara, la prohibición de tener perros o gatos o pericos. El síntoma original: la falta de aire. La sensación de que en el pecho hay una locomotora. Un motor inmóvil.

Refiriéndose a los síntomas neuróticos, dice Freud que son individuales: su sentido está relacionado con “el vivenciar” de cada paciente, aunque existan algunos síntomas “típicos” de tal o cual afección. Por eso el síntoma es siempre un viaje al pasado, de ahí el historial clínico. Mi sistema de síntomas —sus relaciones— es lo más parecido que tengo a una biografía, cuerda que se tensa de un extremo a otro, confiriendo continuidad, consistencia. El síntoma, como el cogito, presupone un sujeto: vapor difuso al centro, enjambre, nebulosa. Comunidad de guiños y alusiones.

 

 

Día 9

Del griego σύμπτωμα, “coincidencia”. El prefijo syn: al mismo tiempo (como en sintonía), el verbo piptein (caer) y el sufijo ma (resultado). Resultado de una caída simultánea. Caer en cuenta: me voy a morir un día. Caer, también, al cuerpo, al fondo de sí mismo.

La enunciación del síntoma es, también, la admisión de una sospecha: la del orden moral del mundo. Se asume la estructura: me pasa esto porque hice aquello. Karma instantáneo, equilibrio. Duele porque merezco.

Hoy desperté con una hinchazón en la muñeca zurda. Rigidez en la articulación, enrojecimiento superficial. Ibuprofeno postprandial a las 10 am, una cápsula de 600. El síntoma parece concebido para impedirme la escritura a máquina. El ángulo en que coloco la mano izquierda sobre el teclado es precisamente el más doloroso. Esta nueva manifestación impone su propia práctica —como otros síntomas antes impusieron dietas, trayectos, quizás incluso convicciones—: escribo a mano.

 

 

Día 15

Con la ansiedad, los síntomas se multiplican. En las etapas más ansiosas de mi vida —atravesando un divorcio, por ejemplo— he llegado a creer, a temer, incluso, con un miedo real y paralizante, que mi cuerpo estaba a punto de absorber uno de mis testículos. No hay ningún indicio para esta fatal sospecha. Nada de lo que siento, físicamente, me permite albergar un terror tan absurdo y específico, y sin embargo…

Esta es una etapa de ansiedad máxima. Hace dos meses una vidente afrocubana me leyó el futuro y, con una mala leche épica, pronosticó problemas de salud de variada índole. Para colmo, estoy a mitad de una mudanza internacional, deshaciéndome de todas mis pertenencias materiales. En este contexto, el miedo a que mi testículo diestro desaparezca misteriosamente ha regresado con renovados bríos. La hipocondría es un salto inductivo: anticipar la enfermedad sin esperar el síntoma. Y la enfermedad puede ser, como en este caso, del orden de lo simbólico. Pero es importante aclarar algo: la hipocondría es una enfermedad de la atención, no de la imaginación, porque la muerte repta por los cavernosos conductos de nuestro cuerpo desde el instante mismo en que llegamos al mundo, y cuando se afina el oído para escucharla no vuelve a haber música capaz de distraernos.

Desde hace tres días me tiembla el párpado inferior del ojo izquierdo. Ese movimiento, ese tic mínimo que nadie ve pero modifica la forma en que yo mismo veo, ¿es también síntoma?

 

 

Día 17

Hay periodos de gracia. Como en ciclos lunares, la marea de los síntomas de pronto remite y la ancha playa de la edad adulta se extiende ante mí llena de promesas. Hoy es uno de esos días. A pesar de que tuve una pesadilla, todo parece estar bajo control —bajo el control de una fuerza extraña, pero benigna—. Afuera hay viento de primavera. Las hojas de los arces giran, arremolinadas, y parece que me saludan. Mi cuerpo ha desaparecido. El olvido de sí: felicidad odiosa de los hipocondríacos —de los enfermizos—. Sólo cuando no estoy, estoy a gusto. Un misticismo de andar por casa.

Pero, ¿qué nuevos ruidos anticipa ese silencio?

 

 

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