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El mundo antes de la escritura: 6000 años de evolución

Por Bård Borch Michalsen

"¿Alguien puede imaginar cómo sería la vida sin celulares, inodoros o electricidad? Bueno, algo así ocurre también con el lenguaje". La aparición de los signos de puntuación completó una revolución total, y el libro de un académico noruego editado por Godot nos cuenta cómo.

 Por Bård Borch Michalsen. Traducción de Christian Kupchik.

 

 

 

Nos la arreglamos bastante bien sin poder escribir ni hablar, pero, como sabemos, una vez que nos acostumbramos a algo, que lo percibimos como un alivio que nos facilita la vida, como un verdadero paso adelante, no permitimos que nos lo quiten de nuevo. ¿Alguien puede imaginar cómo sería la vida sin celulares, inodoros o electricidad? Bueno, algo así ocurre también con el lenguaje. En el principio no fue el Verbo, pero cuando empezamos a utilizar la boca para algo más que comer y morder, entonces descubrimos las grandes ventajas que traía su desarrollo. Podíamos informar sobre los grandes peligros que nos acechaban, contar historias picantes sobre las aventuras de nuestros vecinos en una tribu extraña. También podíamos discutir acerca de cómo organizar la caza al día siguiente.

¿Quién fue la primera persona en hablar hace unos cincuenta mil años? Nadie lo sabe. Es una pregunta que no resiste ninguna lógica, debido a que no tiene ningún sentido ser la única persona del mundo dotada con el don de la palabra. De modo tal que continuamos con nuestro diálogo interior sin ninguna necesidad de utilizar la voz. En verdad, solo necesitamos del lenguaje para actuar socialmente. Y, como sabemos, el ser humano es un ser social.

Aprender a hablar fue un proceso útil, práctico y hasta agradable. Aprovechamos muy bien las nuevas oportunidades que el lenguaje nos brindaba. Ya estábamos erguidos y podíamos caminar y correr, lo que nos otorgaba una ventaja invaluable ante las otras especies animales. A medida que empezamos a correr, también utilizamos la boca para expresar nuestros pensamientos, y muy pronto nos volvimos superiores a todos los demás. Nadie podía alcanzar una meta lejana más rápido que nosotros y el hecho de poder hablar mientras corríamos nos permitió intercambiar experiencias, hablar sobre los peligros del camino, informar sobre atajos útiles y acordar puntos de encuentro, además de chismosear sobre a quiénes habíamos visto abrazados detrás de unos árboles cuando pensaban que nadie los descubriría. Desde el mismo momento en que los humanos comenzamos a hablar, es casi seguro que también utilizamos la oralidad para un objetivo hasta entonces desconocido: inventar cualquier cosa sobre todo y sobre todos.

"Los primeros signos de puntuación remiten a dos mil doscientos años atrás, cuando fueron utilizados en Alejandría". 

Otras especies antes que nosotros construyeron algo que, con un poco de imaginación y buena voluntad, podría llamarse “lenguaje”, pero en realidad no iba más allá de algunos pocos sonidos inarticulados. El habla humana muy pronto se convirtió en algo mucho más avanzado. En su libro Sapiens, Yuval Noah Harari enfatiza el hecho de que la capacidad de hablar sobre lo que no existe para nuestros sentidos físicos fue lo que hizo de nuestro lenguaje una característica única: “Hasta donde sabemos, los sapiens pueden hablar de todo tipo de conceptos que nunca han visto, tocado ni olido”. Muestra de esta forma cómo se originaron leyendas, mitos, dioses y religiones a través de la revolución cognitiva, dentro de la cual el lenguaje resultó un elemento tan importante como innovador.

  

 

 

 

6000 AÑOS DE HISTORIA DE LA ESCRITURA

Sin embargo, el hombre no puede vivir únicamente de la religión. También necesita del pan. ¿Cuál sería la forma más efectiva de organizar un sistema avanzado de cooperación, compra y venta? Con el aumento del comercio, surgió la necesidad de concretar acuerdos, obligaciones y deudas por medio de algo más duradero que los simples convenios verbales. Como resultado, hace unos tres mil quinientos años antes de nuestra era, en Mesopotamia, ya aparecieron algunas marcas que representan palabras y objetos: ¡la primera manifestación de lenguaje escrito! ¿O no fue la primera? Los historiadores no están del todo seguros, pero hay buenos motivos para suponer que el lenguaje escrito nació, casi simultáneamente, también en China y Egipto.

El salto cuántico de los pueblos semíticos que habitaban cerca de las costas orientales del Mediterráneo implicó la transición a un sistema en el que una persona ya no representaba objetos, sino sonidos. El alfabeto llegaría más tarde. Esto significó otro gran paso, tanto para quienes propusieron la idea como para la humanidad. De acuerdo con el sociólogo especializado en medios Manuel Castells, el alfabeto constituye la infraestructura indispensable para la comunicación acumulativa basada en el conocimiento, al tiempo que es la base de la filosofía y la ciencia occidentales.

El alfabeto permitió gestionar con menos caracteres (ahora conocidos como “letras”). El semítico fue el primero en aparecer, pero solo contenía consonantes. Los griegos dieron el siguiente y más que significativo paso al sumar vocales. Esto permitió que podamos leer y escribir palabras que ignorábamos, incluidas las palabras en idiomas extranjeros. El profesor estadounidense Walter J. Ong dedicó su vida a investigar la conexión entre el lenguaje y nuestra capacidad de pensar. En su libro Oralidad y escritura, da cuenta que fue este alfabeto el que le brindó a la cultura griega una ventaja significativa en la Antigüedad. Al añadir las vocales, se democratizó la lengua escrita; cada vez más personas pudieron aprender a leer y escribir. Los estudios neurolingüísticos sugieren que un alfabeto fonético con vocales favorece el pensamiento analítico y abstracto. El alfabeto latino se cuenta como un pasaje evolutivo del griego a través del alfabeto de los etruscos, quienes dominaban amplias partes de Italia antes del ascenso de Roma, y es hoy el más utilizado del mundo.

El hombre encontró conveniente comenzar a escribir, lo que fue una decisión inteligente. Posteriormente, se incorporaron mejoras al sistema del lenguaje, lo cual nos permitió transmitir más, con mayor precisión y velocidad. El libro que estás leyendo ahora considera la puntuación como la coronación final de los lenguajes escritos en Europa: es la frutilla del postre, el acento sobre la i. La puntuación es un sistema de convenciones que otorga mayor precisión y profundidad a las letras y palabras, dotándolas de color y emoción, tono y ritmo. De hecho, tiene consecuencias aún más drásticas: los signos de puntuación no son únicamente una parte importante de nuestro código idiomático, sino que se transformaron nada menos que en una de las fuerzas impulsoras en el desarrollo de toda nuestra civilización occidental.

Lenguas en peligro de extinción: unas 25 desaparecen cada año.

Los primeros signos de puntuación remiten a dos mil doscientos años atrás, cuando fueron utilizados en Alejandría, la capital intelectual de la Antigüedad. Aquellos primeros signos eran insignificantes y muy pronto fueron abandonados por las civilizaciones del Mediterráneo. Cuanto más difícil resultaba leer, mayor era el poder de quienes dominaban ese arte. Pero los signos se reinventaron, y durante la Edad Media mucha gente advirtió que si los lenguajes escritos alcanzaban su máximo potencial, necesitarían ser modernizados. Tanto en España como en Alemania e Irlanda, se reinventó y refinó un sistema de puntuación que se encargó de preparar el terreno idóneo para la llegada de los humanistas italianos.

 

 

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