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No Ficción

No hay tiempo sin espacio

Musurgia Universalis (1650)
Estilo y extensión

¿Cómo hacen juego las maneras en que los escritores se acercan a decir lo que quieren decir, y la cantidad de páginas que tardan en hacerlo? "La pregunta por el estilo es también, en cierto modo, una pregunta por la extensión de una escritura", advierte el autor de El modelo aéreo.

Por Leonardo Sabbatella. Imagen Athanasius Kircher.

Desde el formalista ruso Viktor Shklovski hasta Roland Barthes, pasando por el profesor Leo Spitzer, puede rastrearse una genealogía de autores que pensaron el estilo como un desvío de los usos normativos del lenguaje pero no siempre ha estado presente la pregunta por la extensión de ese desvío. La cantidad de páginas de una escritura no garantiza nada, puede avanzarse en miles de líneas sin que ese desvío inicial (si lo hubo) se profundice. Sin embargo, para los escritores que se hacen un lugar propio y cuyo estilo es una marca de identidad inimitable (quienes quieren copiarlos terminan por ser víctimas de su propia parodia) la extensión es constitutiva del desvío, es una forma de proceder implícita y necesaria. La pregunta por el estilo es también, en cierto modo, una pregunta por la extensión de una escritura. Podría decirse que la extensión es el resultado de un estilo, el alcance que tienen sus efectos. 

Hay escritores cuya escritura procede de forma microscópica, arman maquetas a escala o trabajan en territorios bonsái (los textos breves de Michaux o Calvino). Un estilo que de ampliarse se desmembraría, una radicalidad que habita en la miniatura. Otros, se comportan como escritores imperiales, que ocupan campos extensos y se alistan en una tradición de largo aliento. A veces enciclopédico, otras al modo de un tour de force -desde Una excursión a los indios ranqueles de Mansilla hasta El arcoíris de gravedad de Pynchon. Escritores cuya potencia se encuentra en la extensión, en mantener el pulso de un estilo a través de las páginas, autores que funcionan por acumulación, cuyo efecto se consigue a través del tiempo de lectura –la literatura como duración. El limonero real de Juan José Saer no sería el mismo con la mitad de páginas. Puede encontrarse la especie de los escritores de fragmentos, que parecieran coleccionar retazos y ruinas. Desde el romanticismo alemán, pasando por Benjamin y hasta llegar a Barthes hay un linaje de lo fragmentario, de pequeños hallazgos y epifanías menores. Una literatura de fichas y capturas, Historia del lápiz de Handke o Me acuerdo de Perec son libros que pertenecen a la misma clase, la del acopio y la brevedad. 

No pocas veces se ha afirmado que con el estilo de Borges no se podía escribir más que diez páginas. Y hasta había quienes encontraban en esto una falla o una carencia de la que Borges había logrado hacer una virtud. Ahora bien, quizás el de Borges sea un caso, como el de Nabokov o el de Kafka, de un estilo que tiende a la continuidad. Pareciera tratarse de una escritura que podría no detenerse jamás. Siempre habrá una nueva asociación o desvío, una escena por analizar, una historia que se repite, una idea que llega de lejos, una entrada más en el diario. La virtud de Borges, entre otras, quizás haya estado en saber dónde detenerse (y no cuándo, porque es menos un momento que un lugar). Ricardo Piglia y César Aira se han dado cuenta, tal vez por caminos diversos, tal vez en uno de los pocos puntos de encuentro, que el procedimiento borgeano es precursor del arte conceptual, un texto  sobre un libro que deberá escribir alguien más (la patente con las indicaciones de una obra que montará otro). Una escritura en expansión continua. 

Hay un caso excepcional: Beckett. Los textos del autor irlandés se fueron acortando a medida que su estilo se radicalizaba. Como si en cierta manera se fuera invirtiendo de forma proporcional la lejanía que alcanzaba su estilo con la menor cantidad de páginas que arrojaba. No sería desacertado pensar que Beckett es un autor de la extensión (y de extinción). Un libro como Compañía o los Textos para nada podrían haberle llevado menos páginas pero su estilo no lo permitió, no era posible. Para que fuera un Beckett, en cada caso, era necesaria una cantidad mínima de renglones a completar por la expansión de su escritura. En otra cantidad de páginas no hubiera sido Beckett. 

Si la literatura es una duración y si la noción del tiempo suele ser incierta (una de las características de los objetos artísticos es la de suspender las coordenadas del tiempo tal como las conocemos), no es posible que eso suceda por fuera del espacio que ocupa, del terreno en el que desencadena sus efectos. Podría decirse que un estilo es indivisible de su extensión ya que el desvío que propone una escritura solo se realiza, se materializa, en cierta cantidad de páginas y en una experiencia de lectura. Ya lo ha demostrado la física: no hay tiempo sin espacio. 

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