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Correspondencia en llamas

Las cartas de Joyce a Nora Barnacle

"Nora querida, deseo leerte una y otra vez lo que he escrito para ti. Parte de ello es feo, obsceno y bestial; parte es puro, sagrado, y espiritual: todo eso soy yo mismo".

Por Valeria Tentoni.

En 2004, según la BBC, se pagaron 240.800 libras esterlinas por una carta de alto voltaje erótico, escrita por el autor de Dublineses. Se convirtió así en una de las más caras en la historia de las subastas de documentos privados de escritores del siglo XX esa que James Joyce envió a Nora Barnacle, madre de sus dos hijos (George y Lucía, bailarina que tuviera algunas citas infructuosas con Beckett y que fuera atendida por Jung a causa de su esquizofrenia). Nora: primero su concubina, años después, su esposa. Siempre su amante.

Fue ella quien enamoró a ese hombre que tenía fobia a los perros y pánico a las tormentas, quien estuvo con él aun en la pobreza -una pobreza tal que, narrada en cartas a su madre, la hacía llorar. La precariedad laboral del autor de Finnegans wake fue tanta que se intentó ganar la vida con distintos oficios, entre ellos la docencia, pero también cantando (tenía, como su padre, una voz muy afinada). Eso, así como su desgobierno etílico, constituían grandes problemas para la pareja. Así y todo, la altísima Nora estuvo ahí, en la salud y en la enfermedad: cuando vivía en Zurich, “Joyce comenzó a sufrir diversas enfermedades oculares y eventualmente tuvo que someterse a más de diez operaciones en sus ojos. Por años estuvo casi totalmente ciego y muchas de sus últimas escrituras se hicieron con crayón rojo sobre grandes hojas de papel”, se informó en el New York Times el día de su muerte.

Nora, hermana de seis, era hija de un panadero alcohólico y una costurera que lo terminó echando de la casa. Empezó a trabajar a los 12, como lavandera, mientras estudiaba en un convento; después se iría a vivir a Galway con su mamá y su tío, quien la despachó para Dublín a trabajar en un hotel. Ahí fue que se conocieron con Joyce. Fue un día de tal importancia para él que hizo transcurrir todo el Ulises en coincidencia con la fecha: el Bloomsday es, también, el aniversario de su primera cita. "No hay ni una partícula de mi amor que no te pertenezca", le escribiría.

Antes de ese día, él la invitó a salir pero ella no llegó. La primera carta del conjunto es esa en la que intenta salvar la oportunidad del desencuentro: “Debo estar ciego. Observé durante largo tiempo una cabeza de pelo castaño rojizo mientras pensaba que no era la tuya. Volví a casa muy abatido”. Pero se vieron, al fin. Se vieron tanto que en la tercera carta que le manda, poco más de un mes más tarde, se despide Joyce dedicándole “un beso de veinticinco minutos” en el cuello. “Beso el hoyuelo milagroso de tu cuello, Tu Hermano Cristiano en la Lujuria”, antes de su firma, dos cartas más adelante. Otra más: “Adieu, mi querida Nora ingenua, excitable, de voz profunda, soñolienta, impaciente. Cien mil besos”, para cerrar una página en la que arremetía: “¡Cuánto odio a Dios y a la Muerte! ¡Cuánto amo a Nora!”, con su preciosa letra de espadachín. Y estas son solo las cartas del comienzo, de 1904. Las de más tarde abren llamándola “Mi dulce putilla Nora”, “Mi querida muchacha de convento”, “Mi dulce sucia pajarita cogedora”, y cierran diciéndole "Adiós, querida, a quien intento degradar y depravar. ¿Cómo en esta tierra de Dios puedes amar a una cosa como yo?".

“Olvida a todo el mundo menos a mí”, le pide en una, y en otra le dice que fue ella la que lo "convirtió en una bestia", al "mostrarle el camino", y le ruega que le responda a sus misivas "obscenas". En el tomo mexicano compilatorio de esta correspondencia, con traducciones de Carlos Millet, se incluyen además muchas imágenes. Algunas son de las publicidades de las conferencias y clases que Joyce daba por esos años. Aquí, la lectura de Cartas de amor a Nora Barnacle se puede cruzar magníficamente con Escritos críticos y afines, edición y traducción de Pablo Ingberg, que acaba de salir por Eterna Cadencia. En ese tomo, tan rico por “autobiografía del pensamiento de Joyce” como las cartas, se encuentran las traducciones de algunas de las conferencias que dio, además de, por ejemplo, una rareza tal como una composición escolar que Joyce redactó con solo 14 años. Comienza con una línea triunfal, que avanza la contextura de sus escritos futuros: “No hay nada tan engañoso y a pesar de todo tan seductor como una buena superficie”. 

Joyce, ese acumulador eléctrico de fuerzas nuevas, huyó con Nora el mismo año en que la conoció, en octubre. Llegaron a Pola vía Zurich. Luego el escritor daría clases en Trieste, partiría a Roma, nacerían sus hijos, le costaría publicar Dublineses, volvería a Irlanda, volvería a Trieste, se mudaría a París, pasaría por Niza: todo esto escribiendo libros, todo esto escribiendo cartas a Nora. Con ella se casará, finalmente, el 4 de julio de 1931. 

“No solo deseo tu cuerpo (como sabes) sino también tu compañía. Querida mía, supongo que mi amor por ti parece pobre y raído comparado con tu espléndido amor hacia mí. Pero es el mejor que puedo darte, querido amor mío. Toma mi amor, sálvame y protégeme. Soy tu niño, como te dije, y debes ser dura conmigo, pequeña madre mía. Castígame tanto como quieras. Me sentiría deleitado de sentir mi carne estremeciéndose bajo tu mano. ¿Sabes lo que quiero decir, Nora mía? Desearía que me pegaras o incluso que me azotaras. No jugando, querida, sino en serio y en mi carne desnuda…”

En el libro hay un apéndice en el que se incluyen las cartas que fueron expurgadas en ediciones originales, completando un total de 64 piezas. Entre ellas, una en la que le dice: “Ahora, Nora querida, deseo leerte una y otra vez lo que he escrito para ti. Parte de ello es feo, obsceno y bestial; parte es puro, sagrado, y espiritual: todo eso soy yo mismo”. 

Foto del día de su casamiento.

 

BONUS TRACK: extracto hardcore de una de las cartas censuradas 

“Dulce niña querida, ¡finalmente me escribes! Debes haberle dado a ese sucio coñito tuyo una de las más feroces masturbadas para escribirme una carta tan incoherente. Por mi parte estoy tan fuera de forma que tendrás que lamerme por una buena hora antes de que pueda tener un cuerno lo suficientemente firme para metértelo. (…)  Cógeme, querida, en todas las nuevas formas que tu deseo sugiera. Cógeme ataviada con tus vestidos de calle, con tu velo y tu sombrero puestos, con tu cara sonrosada por el viento y el frío y la lluvia y tus botas lodosas; también cógeme a horcajadas sobre mis piernas, cuando esté sentado en una silla, móntame de arriba hacia abajo enseñándome los ribetes de tus bragas y mi verga firmemente clavada en tu coño, o móntame sobre la espalda de un sillón. Desnuda, cógeme, solamente con tus medias y tu sombrero puestos, acostados en el piso, con una flor roja en el culo, montándome como un hombre, con tus muslos entre los míos y tu robusto trasero. Cógeme vestida con tu bata de estar (ojalá guardes esa tan bonita), con nada debajo de ella, ábrela repentinamente y muéstrame tu vientre y tus muslos y tu espalda y jálame encima de ti, sobre la mesa de la cocina. Cógeme con tu culo, boca abajo en la cama, con tu cabello suelto, desnuda, pero con unas adorables bragas rosas perfumadas, abiertas desvergonzadamente de atrás y medio caídas, de modo que permitan entrever un poco de tu trasero…”

Carta del 16 de diciembre de 1909 

 ***

Todas las citas fueron tomadas de Cartas de amor a Nora Barnacle, de James Joyce, Editorial La nave de los locos, traducción de Carlos Millet. México, 1990.

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