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Ficción argentina

En la habitación matrimonial

Un cuento de Pía Bouzas

"Enrique hace girar la llave en la cerradura de la puerta de entrada y la enfermera que está en la habitación matrimonial levanta la mirada del libro". Uno de los cuentos que forman parte de Una fuga en casa, el libro de Pía Bouzas publicado este año por Club Hem. 

Por Pía Bouzas. Foto de Paula Balbi.

 

Los ruidos cotidianos rechinan con eco en los departamentos antiguos, como un silbido de electricidad a lo largo de un cuerpo dormido. Enrique hace girar la llave en la cerradura de la puerta de entrada y la enfermera que está en la habitación matrimonial levanta la mirada del libro. Enrique es un hombre fuerte, de pelo blanco, abundante, que esquiva su imagen en el espejo colgado a la entrada del departamento. Se mueve con naturalidad y hace pasar a Violeta, le indica que siga por el pasillo lateral hasta la última habitación, su estudio. Violeta es una mujer alta y delgada, suavemente atractiva aunque ya no es joven. No se ha quitado ni el sobretodo ni la cartera; camina como si todavía no hubiera llegado, la mirada baja, más discreta que avergonzada.

Enrique deja su campera y el maletín de cuero en el sillón donde Inés dejaba la suya. Es un gesto automático, casi reflejo, pero que en alguna astilla del tiempo le recuerda que las carteras de Inés ya no están allí, que están colgadas en el perchero de la habitación, justo enfrente. Enrique gira y abre la puerta sin golpear antes. Lo invade como todas las tardes el olor a flores del agua colonia de Inés. Lo reconoce desde siempre, le llegaba ligero cuando Inés se le acercaba por el pasillo o venía de la calle; solo que ahora es la enfermera quien le pone unas gotas en el cuello y en la frente, y queda concentrado en la habitación cerrada, como una nube. La enfermera sonríe al verlo. Lo hace diariamente. Es una mujer amable, joven, que no llega a los cuarenta años; pero sobre todo es aplomada, con los pies bien plantados en la tierra.

–Está durmiendo, muy tranquila.

Mientras lo dice, cambia la bolsita de suero y verifica el goteo de la medicación. Enrique admira su prolijidad.

– ¿Tuvo fiebre?

–No, hoy no.

–Ayer estuvimos preocupados.

Enrique entonces mira hacia la cama, la luz amarillenta del velador deja a Inés un poco en sombras. No le gusta esa penumbra pero tampoco la rechaza, es parte de lo mismo.

–Sí, la hija me comentó hoy.

–Ah, vino Luciana.

–Al mediodía llegó. Se quedó toda la tarde. Hasta hace un rato.

– ¿Pasó un buen día ella?

–Sí. Muy tranquila.

–Ayer la doctora nos avisó que la función respiratoria podía…

–Pero está estable.

La enfermera no se refiere a Inés ni como Inés ni como la señora, en realidad casi nunca la nombra, y si lo hace, es ella simplemente.

– ¿Ya se va usted?

–En un rato.

–Aprovecho entonces.

–Vaya.

Enrique cierra la puerta con cuidado para que no rechinen las bisagras, pero igual rechinan. El teléfono titila, hay tres mensajes en el contestador. Los escucha: su hermana, su galerista y un tal Pedro Hint, para Inés. Todos a destiempo, el de Hint sobre todo. Lo borra con ímpetu apretando el botón rojo y sigue por el pasillo, hacia su estudio.

Violeta está sentada sobre un taburete frente a la mesa de trabajo, curiosea. Todos los que vienen se fijan en lo mismo: las colecciones. Discos de pasta, máscaras indígenas, juguetes viejos, objetos anacrónicos que Enrique ha traído de sus viajes o que busca metódicamente en los mercados de pulgas y que ordena con precisión en los estantes. No es la variedad lo que sorprende a Violeta, sino el nivel de obsesión de cada colección, en la que nada falta. Hay algo de resistencia empecinada en esa suma de objetos. El tiempo desordena, extravía, olvida; Enrique, en cambio..., si él se hubiera exiliado habría logrado sobrevivir rápidamente, se habría inventado la forma de reconstruir su viejo mundo, o se hubiera creado uno nuevo en poco tiempo, piensa Violeta sin saber muy bien por qué. Pero la puerta se abre, Enrique entra, ella se sobresalta y lo mira con sonrisa cómplice, como si la hubiera sorprendido haciendo algo indebido.

–¿Todo está bien? –pregunta ella.

–Sí, todo tranquilo.

Violeta reconoce el eufemismo, lo acepta con una sonrisa apretada.

–¿Querés tomar algo?

–No, por ahora no, Enrique, gracias.

El silencio es incómodo. Para ella. Se ha puesto demasiado formal. Juguetea con unos pinceles, vacila, deja las manos en los bolsillos del tapado. Enrique actúa. Cuelga la cartera de Violeta en una silla alta, junto a la puerta, se acerca y con suavidad le quita el tapado de pana, que parece nuevo. Las cosas son como son, tiende a pensar; y le gusta que Violeta esté allí. Sabe que en ciertos momentos de la vida ni siquiera existe la posibilidad de cometer un error.

–Miraba la colección de discos. Espero que no te moleste.

–Para nada. Esta es mi guarida.

Pero Violeta se desmiente, casi escurridiza:

–No sé, la verdad, si haber venido…

Lo mira al descuido, ahora que él está ocupado con el tapado. Juguetea otra vez con los pinceles.

–Tomalo como una visita de trabajo. Estás buscando material para tu galería. En el fondo soy eso: un coleccionista. Nada más.

–Primera vez en tu taller. Después de tantos años, quién dijera…. tan ordenado todo.

–Casi obsesivo.

–Inhibe un poco.

–No era la idea.

–…

–¿De verdad no querés tomar nada?

Violeta sonríe y niega con la cabeza, pero sus ojos celestes, casi transparentes, parecen decir que sí, ¿a qué? Sacude el cabello ligeramente y se cruza de brazos. Sus manos quedan a la vista sobre el suéter rojo, de brémer, que moldea sus hombros y su pecho con una sensualidad que lo sacude a Enrique como si fuera extemporánea, pero que no lo es. En ese gesto reconoce a la mujer que Violeta fue siempre.

–¿Seis, ocho años que no nos veíamos? –dice ella.

–Desde la bienal de Sao Paulo, ¿no?

–Y Río.

Dice “Río” y se retrae, como si no fuera el momento de confirmar los recuerdos.

–Y el fin de semana en Río, claro.

–Muchos años.

Hay en las palabras de la mujer una carga que desmiente la ligereza del encuentro. Enrique no lo percibe, no lo ha vivido así, se mueve en la esfera del presente.

–Pero siempre me llegan noticias tuyas. Supe que en Madrid están de moda las exposiciones de objetos retro.

–Así es. Viendo tu estudio podría hacer varias en la galería.

Él asiente y la observa.

–Adiós a los pinceles –dice por decir algo. Arriba, junto a la ventana, descubre el retrato de Inés que hizo en carbonilla apenas se conocieron: cabello muy corto, rasgos delicados, nariz recta, ojos negros más profundos que el cabello.

Violeta está tensa e inventa acciones cortas, como si fuera la primera vez que comparten cierta intimidad, o todo lo contrario. ¿Puedo fumar?, le dice. Pero no tiene cigarrillos. Enrique le convida. Ella se relaja con el humo.

–Uy, Janis Joplin. Años que no veía este disco. ¿Puedo?

Agarra el disco de pasta, la tapa roja y amarilla, el rostro de Janis Joplin escondido tras el pelo, solo la línea de su perfil y su boca en un grito.

– ¿Te gusta? Te hacía más Joan Baez.

–Puede ser pero…

–Eras muy Joan Baez cuando nos conocimos. Las polleras hippies, canciones de protesta…

–Uy, recuerdos. ¿Quién quiere recordar?

Enrique se señala a sí mismo.

–Estoy dispuesto.

– ¿Seguro?

–Por qué no. Violeta duda, entra con cuidado.

–Qué decir… vos eras línea dura. A ver –y mientras habla recorre con la vista y su mano un estante de la biblioteca- por acá. Más Guevara.

–Muy cierto.

Enrique abre los cajones del escritorio, revisa papeles.

–No es un elogio, te aclaro.

–Ya sé. No sos la primera que lo dice. Hace poco viajé a Santa Cruz y encontré una colección de fotos del Che únicas. Las estoy usando en una serie de grabados. ¿Querés verlas?

–No, la verdad que no. A veces pienso que esa época la vivió otra persona, no yo.

–Pero no fue una época tan mala.

–No sé, mirándola en perspectiva no lo sé.

Los ojos celestes de ella se vuelven hacia el cristal de la ventana, desencantados. Un cielo opaco.

–La perspectiva no es más que un efecto visual.–Enrique afirma y ensaya el tono suficiente que ella le conoce bien–. Es tan relativa…

Enrique deja de buscar en los cajones, se acerca a Violeta.

–Fue hace un siglo –dice ella como si en realidad estuviera diciendo fue hace tanto que…

–En eso tenés razón. Todo fue hace un siglo.

Violeta se levanta del taburete, se aleja de Enrique, no quiere que se le acerque. Pareciera decirle “puede entrar alguien”. Enrique la deja hacer. Va hasta la ventana que da al tragaluz del edificio. La abre. Es casi de noche. Permanecen así unos minutos. De repente Enrique se limpia sonoramente la nariz con un pañuelo. Violeta se sorprende y se anima en voz muy baja:

–¿Estás llorando?

–No. Es el aire. Frío.

Golpean a la puerta. Es la enfermera:

–Ya me voy yo, son más de las seis.

–Está bien, ¿mañana viene?

–Sí. A las ocho. Hasta mañana.

–Muchas gracias. ¿Hay alguna indicación especial?

–No, todo como ayer. A las diez cámbiele el suero –y se abre una pausa en la que Enrique la mira esperando algo más, algo definitivo, pero ella lo elude–. Cualquier cosa, me llama.

Enrique la acompaña hasta la puerta como todos los días desde hace un mes. La suela de goma de sus zapatos rechina contra los baldosones del pasillo. Es un chirrido incómodo pero al que está acostumbrado. Se saludan con formalidad y aguardan a que llegue el ascensor. Ni bien suena el teléfono celular ella tantea en su cartera. El hijo menor, supone él. Hoy también me pide que lo pase buscando por lo de un amigo, explica ella y algo le hace gracia, ¿cómo son, vio?

La puerta de la habitación matrimonial quedó entornada y Enrique no puede no mirar, aunque sea levemente. Inés descansa o está ida. Recostada en la cama, los ojos cerrados. Lleva puesto un pañuelo alrededor de la cabeza, una coquetería de la enfermera que todos agradecen. Está hinchada en el vientre; en el rostro no. Conserva su lado de siempre de la cama, el lado derecho. La luz es tenue, amarilla. Enrique cierra la puerta con decisión.

–Vení a la cocina, Violeta, voy a hacer café.

El hecho de que la enfermera se haya retirado le da a Enrique cierta libertad, una mayor comodidad en sus gestos. Habla con voz más fuerte.

– ¿O preferís té? Hay de naranja y de menta.

–Menta. Me encanta el té de menta –dice ella, también más relajada, más vuelta en sí, como si al cambiar de espacio pudiera cambiar de tema–. Qué bueno el autorretrato que tenés en el pasillo. Lo acabo de ver. Me gusta mucho.

–Qué bien. Sentate.

Enrique señala la mesa de la cocina. La cocina es amplia y llana como una cocina de campo.

–¿Es reciente?

–Lo hice hace un par de años. Tiene algo de los grabados que hacía en los ‘80, ¿te acordás?

–Más íntimo este. Muy bueno.

–A todo el mundo le gusta.

–¿A vos no?

–No sé. Hace unos años me operaron. Me sacaron un tumor. Y de ahí salió el autorretrato. Hay un tipo que lo quiere comprar y yo me resisto un poco. Lo miro todos los días. Cuando menos lo sospecho me lo encuentro en la pared del pasillo. Lo tengo ahí para acordarme de lo que llevo adentro o de lo que tuve. Le tengo bronca al cuadro.

Violeta no logra captar del todo la idea. Mira y piensa, quizá busca en su memoria. Enrique sigue:

–Creo que por eso no lo vendo.

Violeta está sentada frente a la mesa. Lo mira a Enrique preparar el té. Observa su espalda ancha, la cintura gruesa, sus gestos decididos; no es una mirada general, se detiene en los detalles como si deseara acercarse. Enrique pone sobre la mesa las tazas, el azucarero, un plato con galletas, y se sienta frente a ella. Quizás por primera vez Violeta suaviza su mirada y las palabras le salen rápidas, con una confianza de años.

–Y en estos meses, ¿cómo hiciste?

Enrique evita en general estos diálogos directos, pero admite la confianza de Violeta. La mira a su vez a los ojos, tan celestes, ovalados, con arrugas suaves.

–Seguí trabajando. Las clases, el taller –dice y pasa una mano rápido sobre el mantel, para quitar las migas o alisar la tela.

–Qué admirable. Yo no pude. Cuando Gabriel se enfermó me hundí yo también. No pude hacer nada durante meses.

–…

–…

–Hay que estar bien plantados. Ser duros, como los árboles. ¿Viste las boludeces que se dicen?

–Sí.

–Son verdad.

–Yo debo ser una planta acuática entonces –y algo del tono burlón la hace sonreír. –Me lleva la corriente a mí.

Violeta se acerca la taza de té a la boca. Sopla levemente. Se toma un tiempo.

–Qué rico está –admite.

–Antes a los chicos los llevaban a los velorios. Ahora es un tabú. Ver un muerto se volvió una experiencia traumática. Pero en mi pueblo iba todo el mundo. Los pibes corrían por el patio, los tipos adentro se tomaban una caña; siempre había uno que contaba chistes del finado.

–Y le miraban el culo a la viuda cada vez que pasaba.

–¿Te acordás?

–Sí.

– …

Ella toma su té, las manos alrededor de la taza, agarrando el calor, abstraída de repente, como quien se entrega a un recuerdo.

Enrique la mira, le pregunta:

–¿Cuándo fue?

–Hace tres años.

–Y acá estás. –Enrique abre las manos–. Acá estamos.

Enrique mira hacia el reloj de pared. Son las siete en punto.

–Es cierto, pero vos y yo somos diferentes.

–Violeta se despeja, mueve las manos con gestos amplios, sin tensión, levemente irónica–. Sos como un árbol, es verdad. O un cactus de esos gigantes, espinudo, con reservas para todo.

–Seguís enojada.

–No, no estoy enojada.

–Mejor.

Enrique acepta pero sin creerle por completo, busca su mirada, busca entre las cosas de la mesa algo que ofrecerle.

–¿Y ahora? –pregunta Enrique.

–¿Qué?

–¿No pensaste en volver?

–¿A Buenos Aires?

–Tus hijos ya son grandes. ¿Viven en Madrid?

–No. Los dos están en Londres.

Violeta se queda pensando: enciende un cigarrillo del paquete de Enrique y arquea las cejas mientras da una pitada, ella misma sorprendida por un instante ante la posibilidad.

–Siempre me acuerdo de la borrachera que nos agarramos en ese cafetín en Ipanema.

Violeta sonríe, sí, se acuerda también. La última noche.

– ¿Por qué siempre íbamos a cafetines de mala muerte? –pregunta ella. P

ero ninguno de los dos explica nada, no es necesario, parte del encanto era huir de los cocktails de las galerías de arte.

–Lo sorprendente fue que entraste al baño y saliste hablando en inglés. Nunca te había escuchado hablar en inglés en toda mi vida y eras bilingüe.

–Efecto caipirinha –dice Violeta como cerrando el misterio–. Nunca más pude volver a tomar una.

–…

–…

–A veces uno dice cosas que… –Enrique primero duda, después se decide, deja la frase por la mitad a propósito, busca en los ojos de Violeta algún tipo de aceptación.

Pero Violeta se defiende de los sentimientos del pasado, los pone en un rincón, aligera, imposta:

We did the right thing.

Y ahora sí lo mira a los ojos con una pregunta tácita. ¿O es una recriminación? Observa su pelo blanco, la barba afeitada con cuidado, sus ojos negros. El silencio de la casa es aplastante. Apaga el cigarrillo en el cenicero con gesto decidido.

Enrique se levanta de inmediato, mira el reloj como si tuviera una lanza, le dice:

–Se hizo tarde.

Violeta agarra su cartera de cuero y se pone el sobretodo de pana. El hecho de que sea un sobretodo nuevo la devuelve a Madrid, al Retiro, al paseo por Casa de Campo, a la vida que se inventó cuando se fue de Buenos Aires hace treinta años. Siempre tan alta, camina discreta por el pasillo. Desanda los pasos, y en el hall mira hacia la habitación cuya puerta está cerrada. No va a entrar. Salen con Enrique al pasillo y esperan en silencio. Enrique debe acompañarla hasta la planta baja. El ascensor sube, ruidoso y lento. Finalmente llega al quinto piso, Enrique abre las puertas corredizas, pulsa el botón de planta baja. Y empieza el movimiento descendente, rítmico. Entonces las miradas de ambos se encuentran, como una cuerda tensada al máximo. Y se corta brutalmente, liberada de la casa, de Inés, de la muerte. Y se besan, se abrazan, se tocan con intención, reconociéndose; por un momento no son gente de sesenta años. El pelo de Violeta huele bien, la espalda de Enrique todavía es fuerte. El beso les ha devuelto la larga vida de todos esos años, salda las cuentas, abre una ventana. En la calle se despiden como siempre se han despedido, con prisa. Enrique le dice que la va a llamar antes de que vuelva a Madrid. Los dos saben que eso es improbable. Violeta levanta la mano y le tira un beso, se va con el viento frío de agosto, de alguna manera ligera o liberada.

Enrique sube y se enfrenta con su imagen en el espejo del hall de entrada. Su historia a cuestas. Endurecido. Sin reproches. Ya en casa, va al baño, se lava las manos. Suena el teléfono. Atiende. Es Luciana, con la voz quebrada, como si hubiera estado llorando. ¿Habías salido?, le pregunta e inmediatamente le dice que esa noche no irá, que no da más, que la llame si pasa algo. Enrique la tranquiliza, que no se preocupe, que esto es así, que Inés está serena. Después toma un whisky, deja prendidas las luces de la cocina y del pasillo. Entra en la habitación matrimonial. Se acuesta en la cama, al lado de Inés. El suero gotea, ella respira suavemente, la cabeza un poco ladeada, el rostro distendido. Todavía faltan dos horas para el cambio de suero. Enrique tiene la mirada fija en el techo, como para no pensar en nada, pero recuerda la mudanza a la casa hace veinte años, la primera vez que entraron en el cuarto. Le viene la voz de Inés, como si estuviera dentro de un sueño, un poco esquiva y aflautada, con cierto eco. Se le viene su manera de disponer el orden de los muebles, indicar aquí o allá, su manera de andar por la casa diseñando un orden nuevo.

Entonces Enrique se sienta, se apoya contra el respaldo de la cama. En la cómoda donde Inés ponía sus cosméticos, sus perfumes, algunos libros, hay una bandeja con ampollas, remedios, un equipo cardiológico, un tanque de oxígeno. ¿En qué momento la vida se convirtió en esto? No importa, lo acepta rápidamente. Cambia otra vez de posición, gira hacia el lado de su mujer, le roza el brazo, está tibio y su piel tiene la suavidad que siempre tuvo. Apoya su mano sobre la de ella, la acaricia con mimos muy quietos en un diálogo íntimo, y que todavía la quiere, que siempre la ha querido, que los años han sido buenos, que la va a extrañar, que le gusta la tibieza de su piel, el olor todavía suyo, que aquí se queda. Y él, que nunca ha rezado, le reza; acomoda su cabeza junto a la de ella, la abraza como cuando estaban tristes y había que estar en silencio, y sigue: que él la va a acompañar, que esté tranquila, que la va a acariciar suavemente hasta el final, que ya pueden despedirse, que ahí se queda… y espera.

 

 

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