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No Ficción

Viaje al Salto con las cenizas de Horacio Quiroga

Por Baldomero Fernández Moreno

Escondida en la introducción a su libro Poemas del Uruguay (Editorial Perrot, 1957), una crónica de Baldomero Fernández Moreno, autor del epitafio para el escritor de los Cuentos de la selva: "He aquí las cenizas, oh Salto, de tu hijo". 

Por Baldomero Fernández Moreno.

 

 

Un verano me fui al campo dejando enfermo en una habitación, de mosaico y de tristeza, prolongación de una sala de Hospital de Clínicas, a Horacio Quiroga. Sumergido en la modorra provinciana, supe poco después, la noticia de su fallecimiento. Fui invitado a acompañar sus restos al Uruguay. La comitiva partió de la Colonia, siguiendo la cuerda del camino perfecto que la une a Montevideo. Delante iba un furgón pequeño, lustroso, tambaleante, con lo que quedaba del escritor, en una simbólica urna de quebracho, salvaje y labrada como su obra. La naturaleza se alzaba magnífica a uno y a otro lado, como si presentara lanzas a aquel que tanto la amó, y murió y vivió en su seno: maraña contra maraña. En los mesones de la ruta se hacía alto, en esos mesones solitarios dignos de algún capítulo de Amor, de Locura y de Muerte. Así llegamos a Montevideo cuyos jardines ardían de cascos y de hachas, en medio de una multitud respetuosa. Al día siguiente, tomamos el tren para el Salto, rápido y certero como una flecha. Me pasé todo el viaje asomado a la ventanilla, mirando el campo y el aire y el cielo, límpidos, sin una partícula de polvo, ese "ángel malo de la tierra" que ha dicho Barbusse.

Una vez en el Salto, abordamos el cementerio, también bajo antorchas, esta vez dulcificadas de estrellas y de lágrimas. Las cenizas de Quiroga iban adelante, altas, en una carroza, muy envueltas en el duro quebracho de Erzia.

Después, la noche casi se pasó en vela, excitados por todos los misterios, atizados por la llama del alcohol, que ardía bajo las constelaciones. Éramos unos cuantos, entre ministros, militares y escritores. Y una sola mujer, impasible y hermosa: la secretaria del escultor.

Por la mañana recorrimos Salto, yo semidormido, mientras me iban contando su geografía y su historia.

La nostalgia que me quedó del Salto, a raíz y flor de mi primer conocimiento, la satisfice ampliamente en el mes de enero de 1940. Es imposible olvidar el viaje. Pronto cayó la noche sobre nosotros. Buenos Aires iba quedando atrás, sembrado de luces amarillentas, como una inmensa capilla ardiente, cada vez menos iluminado. Todo en la vida es un apagarse de luces. Acaba uno por instalarse en la proa, y entonces se puede ser lo que se quiera: una mercancía o un Adelantado. En un ángulo, en lo profundo, entre cadenas y maromas, bajo los astros, advierto que duermen cuatro o cinco marineros. Los torsos lucen en la oscuridad, lechosos, como grandes losas. Aquello parece un tendal de cuerpos destrozados, una cubierta después de un abordaje, algo de aventura. Piratas fatigados en los que el sueño ha podido más que el recuerdo del botín. Ahora pasa un oficial que parece revisarlo todo, echar una última ojeada, antes de cerrar defiitivamente la puerta de calle del barco y apagar las luces. Y pregunto, lleno de admiración:

-¿Duermen desnudos, eh?

Pero el interrogado parece que se indigna, y me contesta:

-¿Cómo, desnudos? En paños menores.

Aquel "paños menores", tan airado, en boca de un lobo de mar, confieso que me desorientó por completo.

El estuario y el firmamento no son otra cosa que un velo celeste perforado de estrellas al que la chimenea agrega un suplemento de chispas. Avanza el barco, pasa Martín García, todo parece tan vagaroso, tan equívoco, que no se sabe por dónde se va a meter la quilla, si por el Paraná o por el Uruguay. Empapado de frescura y de cansancio se deja el camarote, creyendo que aquella nocturnidad, que aquellos astros, los vamos a encontrar a la mañana siguiente. Pero a la mañana siguiente, caminamos entre llamaradas y reflejos. Todo arde: el cielo, el agua, los bronces y la estilográfica del viajero. Al mediodía aumenta la furia especular, la sangre de las barrancas; el calor aprieta los cuellos desabrochados; la hélice, tan estruendosa, es apenas para la corriente la cosquilla de una pluma de seda. Se cansa uno de estos ríos americanos, tan anchos. Se harta uno del cabeceo de las boyas, la danza más estúpida que conozco. Y al fin se acaba por mirar desde la toldilla al interior, al comedor, en busca de espectáculo humano. No se puede dormir ni leer. Yo recorrí todo el barco como una posesión y, al atardecer, ciego y dolorido, me fui a la bodega, al sollado, revisándolo hasta que di en un rincón con un ancla abandonada, que me hizo retroceder como si fuera un fantasma. Llegué, al final, sobre la lona de uno de los botes de salvamento, cara al cielo, desmadejado, como un pájaro caído con las alas abiertas. 

Tomando por centro, como un diamante, la casa de Amorim, batíamos la ciudad y la campaña, rayados de sol y de sombra: de este vagabundeo y de esta quietud surgieron varios poemas (...) Salto, vetusta y moderna, abunda en casas holgadas, donde parece haber anidado el reposo, remanso de muchas hazañas de antepasados, levantadas sobre el soble cimiento de la riqueza y la tradición. Casi en frente de la ciudad, a veinte minutos en diagonal sobre la espuma, está Concordia. Sobre ambas ciudades, el remoto Brasil parece pesar como una visera de calor y de centellas. La imaginación arroja puentes airosos sobre ambas orillas: el vuelo internacional de las miradas. El Salto está rodeado, por un lado, de selvas de naranjos, cuya floración en primavera debe arrastrar a sus habitantes casi hasta el frenesí. Por otro lado, cachos de ríos aparecen acá y allá: espejos rotos o fragmentos de armadura. Los alrededores son pintorescos, ondulados, femeninos. Allí hay un reñidero de gallos, me dicen, señalando una casita y un paisano socarrón delante de ella. Y entre los maizales paganos parecen erguirse, de pronto, como muñones, las cabezas sangrientas de los combatientes. La parte central es nueva, deslumbrante, clara, como el corazón de todas las ciudades modernas. Alguna que otra negra pasa, de vez en cuando, adherida a un vestido rojo o amarillo. Hay barrios viejos, inclinados hacia el puerto, casas ciegas, descascaradas, cuyas puertas se atrancan por dentro con guijarros de amatistas. Y algún palacio que otro, rosado y triste, con patios dilatados, en que hojas desgarradas y profusas, parecen velar la delicia del agua, encerrada en joyas de mármol y de hierro.

La ciudad, por último, se va blandamente hacia la ribera, alternando frondas y casuchas: se va a lavar su ropa entre sauces y piedras, a poner un festón blanco a la parda arpillera del río. 

 

 

El presente texto es un extracto del prólogo a Poemas del Uruguay, Editorial Perrot, Colección Nuevo Mundo, Buenos Aires, 1957. 

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